¿Qué somos? A esta pregunta universal y tan antigua como nuestra existencia, hay variadas pero parecidas respuestas: seres humanos, personas, individuos, sujetos morales, yoes… quizá más cosas o quizá todas ellas. ¿Qué más da?
Hoy me he puesto a pensar y he repasado algunos trabajos de mis estudios de filosofía y he releído a Hume para quien lo que hay o lo que somos, no es otra cosa que un conjunto de relaciones; siempre hay una correlación con el mundo y a partir de la simpatía, en lo social, o a partir de la consolidación de determinadas relaciones se configura eso que podemos llamar sujeto, yo o conciencia. El yo para Hume es un haz de impresiones, impresiones que permiten ir y volver de mi. Diderot decía que el yo es el lugar al que más se vuelve… yo añado que muchos no vuelven nunca porque nunca, o casi nunca, salen de él. Marx también decía que la esencia del ser humano son sus relaciones sociales que le constituyen como persona. Es verdad.
En cualquier caso, el ser humano no está programado con un software diseñado para hacer cosas antes de tener relación con el mundo, no, es el mundo y a partir del mundo y de las relaciones en ese mundo, desde donde somos capaces de pensarnos y, sencillamente, ser, o lo que es lo mismo, convertirnos en sujetos morales, con derechos y deberes pero, sobre todo, con afectos, con sentimientos, con conciencia de ser sujetos autónomos, con conciencia de nosotros mismos y de nuestra dignidad.
Por tanto, el sujeto deviene con sus relaciones o desde sus relaciones y, la sociedad, no es otra cosa que el conjunto de estas relaciones que, en tanto que individuos, establecemos los unos con los otros. También he recordado la magnífica y sencilla definición que Kant realiza sobre la dignidad:
“… lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad.»
Claro que, en ese devenir de construcción y/o deconstrucción del sujeto, de la persona, del individuo y/o del yo, pasan muchas cosas, no es un proceso gratuito y lo que es peor… o mejor, nunca se sabe, es un proceso que, en mi opinión, solo termina cuando termina la vida, el ser aquí. Por lo tanto estamos condenados a ser, por siempre, un producto inacabado.
A veces pienso que no tenemos un yo, sino varios, o quizá lo que ocurre es que, yoes, desconocidos o no, nos invaden y, creyéndose mejores que nuestro yo, pretenden transformarlo o sustituirlo y, en definitiva, lo que consiguen es confundirnos.
Sí, si lo pensamos un poco y miramos a nuestro alrededor veremos que está lleno de yoes que, en esa relación con el mundo, en ese devenir como sujetos, nos tientan, nos influencian, nos quieren, nos juzgan, nos odian, nos admiran, nos condenan, nos felicitan, nos ignoran, nos reconocen, …. Y muchas cosas más.
Todas estas sensaciones, impresiones que nos llegan, nos afectan de modos diferentes pero, me atrevo a decir, que todas ellas son necesarias para la construcción del yo porque en todas ellas se encierra, nos guste o no, la vida, la nuestra y la de los demás.
El problema es cuando el equilibrio se rompe, cuando de los yoes que nos rodean, los que configuran nuestro ser aquí, recibimos impresiones que nos llevan a la deconstrucción, a dudar de nuestro yo, cuando lo que ocurre en realidad, en la mayoría de las ocasiones, es que esos yoes que nos rodean, sencillamente, no nos reconocen. No hay nada más duro para un yo que no ser reconocido. De hecho en la dignidad hay un componente altísimo de derecho al reconocimiento.
No sé si a ti, lector desconocido, esto te ha ocurrido alguna vez, pero casi estoy seguro de que sí. Esto, sabes, ocurre porque hay muchos yoes que no salen suficientemente ligeros de equipaje y en esos viajes fuera de su yo, lo hacen acompañados por buena parte de su mismidad, y eso, creo yo, les impide ver más allá del horizonte de sus propias convicciones o de sus propios modelos.
Son como el viajante que sale de su casa, cargado de maletas, llevando sus muestrarios en busca de clientes. Tan cargado va, tan ocupado está con sus catálogos que se olvida de mirar a su alrededor y observar lo que ofrecen otros. Piensa que lo suyo es mejor, único, diferente. No saben reconocer a los otros yoes con los que se cruzan en el camino, no saben que, parafraseando a Levinas, detrás de mí o a mi lado o incluso delante, hay otros que no son yo.
No son yo pero son seres que sienten, que viven, que respiran junto a nosotros, que nos reconocen aunque, miserias del ser humano, nosotros no les reconozcamos. Yoes que están esperando ser reconocidos para ayudarnos a ver el mundo, como diría Ortega, desde otra perspectiva.
¿Es esto malo? No necesariamente… o sí, no lo sé bien. El ser humano nace para buscar la felicidad en su ser aquí y, en este proceso de su propia construcción, goza de plena autonomía para elegir tanto los caminos como la forma de recorrerlos y, desde luego, a los yoes que necesita, si necesita, como compañeros de viaje. Somos libres, siempre dentro de los límites de nuestra propia naturaleza y de nuestra vida en sociedad, es decir, dentro de los límites que nos imponen el respeto y el reconocimiento a los otros yoes, aunque, de esto último, nos olvidamos con harta frecuencia.
Antes he mencionado la definición de dignidad de Kant. ¡Qué fácil consigue explicar algo tan complicado! Es verdad, es fácil, no debemos pagar precio alguno por nuestra propia esencia como personas, como sujetos, como individuos, como seres humanos, o como todo ello junto.
Ser reconocidos no implica un precio, es un derecho. No ejercerlo nos pone en el camino de nuestra propia deconstrucción y nos abre la puerta que puede llevarnos a poner en juego nuestra autoestima y nuestra dignidad.