EL AMOR ES FÍSICA Y QUÍMICA

“La vida son reacciones químicas sometidas a leyes físicas.  La vida es explicable, casi en su totalidad, en términos de Física y Química. El amor es la fundición de física y química.”

Estas son frases atribuidas al científico y premio Nobel D. Severo Ochoa y, por lo tanto, es posible que fueran dichas desde una perspectiva eminentemente científica.

En cualquier caso es objeto de este breve ensayo tratar de las implicaciones filosóficas que pueden derivarse de ella y lo iniciaré con una colección de preguntas que me parecen necesarias para intentar entrar en el significado de la palabra amor: ¿Qué es el amor? ¿Existe? ¿Alguien lo ha visto?  ¿Es el amor una ciencia? ¿Puede determinarse si alguien está enamorado mediante métodos científicos? ¿Tiene grados? ¿Es eterno e inmutable o está sujeto al devenir? ¿Es un sentimiento o una actitud? ¿Es igual para todos? ¿Es verdad el amor? ¿Por qué se acaba el amor?

Podríamos seguir así varias páginas y dejar el ensayo en un montón de preguntas de difíciles y al mismo tiempo múltiples respuestas que contentasen a los lectores mas diversos ya que, como dijo D. José Ortega y Gasset, tanto el amor como la política son artes de las que todo el mundo opina, y para las que no parece precisarse de una especial sabiduría.

De la frase del Premio Nobel Severo Ochoa, y siempre desde mi perspectiva, podría entenderse que el mensaje que encierra, tomando distancia de sus posibles implicaciones científicas,  es la conversión del amor en la culminación de la vida, vivimos para amar y el amor justifica nuestra existencia. La física y la química están presentes en nuestra vida pero solo cuando se funden en una sola, ésta adquiere su auténtico sentido y nos muestra su esencia. Yo me resisto,  aunque la ciencia haya avanzado de manera prodigiosa, a aceptar el carácter científico del amor. Sabemos que nuestro cuerpo reacciona de una manera física y química a los estímulos amorosos, pero no podemos afirmar que esas reacciones se produzcan si y solo si la persona esta enamorada, siendo posible que las mismas reacciones se den en situaciones y por motivaciones radicalmente distintas, como puede ser las originadas por un sentimiento totalmente contrario al amor, el odio: incremento del ritmo cardiaco, sudoración, dificultad respiratoria, enrojecimiento…etc.

Dada la brevedad del ensayo voy a centrarme en el amor entre seres humanos y concretamente el amor de pareja. Cuando hablamos del amor, lo hacemos de algo que percibimos a través de los sentidos y de manera especial y me atrevo a decir que principal, la vista,  que nos permite ver el físico de la persona que nos causa el estado emocional, el oído,  que nos  traslada el estímulo de su voz y el tacto,  que nos acerca a la textura de su piel. Estos impactos que recibimos deben ser procesados y puestos en relación con nuestras creencias y nuestros estereotipos culturales sobre el amor, que son en definitiva quienes nos dan la señal inequívoca de que hemos encontrado a la persona perfecta que encaja con nuestro modelo idealizado. En este punto, donde la razón parece desvanecerse, donde se da a los sentidos todo el crédito que Descartes les cuestionó,  al considerarlos fuente de engaños que pueden inducirnos al error,  se experimentan sentimientos como la emoción, la pasión o el deseo, que , de una u otra forma, modificarán sustancialmente nuestro comportamiento. Pero no existe una regla, un patrón, un modelo unificado, no todos los que dicen haber conocido el amor tienen que haber sentido necesariamente las mismas sensaciones ni, por supuesto, en el mismo grado. Como, en mi opinión, el amor tiene una profunda carga de relativismo, podríamos aplicarle la filosofía de Protágoras y considerar que el hombre es la medida y por lo tanto podríamos encontrarnos con tantas verdades aplicadas al amor como personas enamoradas.

Descarto pues el criterio científico y  el amor como verdad única e inmutable. Si alguna característica puede asignársele al amor, sin incurrir en error, es su carácter evolutivo, cambiante; si entendemos el amor como una mezcla o fusión  de sentimientos, sentimientos que se confunden y nos confunden, podríamos observar que la intensidad de esos sentimientos, su graduación, cambia y en la mayoría de las ocasiones desciende hasta desaparecer. ¿Desaparece con ellos el amor, o simplemente se transforma? El amor,  en su devenir,  ofrece al ser humano diferentes opciones, nuevos escenarios diseñados por el tiempo, la edad, la costumbre, la convivencia, la necesidad, la experiencia, nuevas situaciones en las que, paradójicamente la razón, que fue apartada en su comienzos por los sentidos, adquiere un nuevo protagonismo que va a regir las relaciones de la pareja cuando, lo que podemos llamar amor, alcanza  su estado de madurez o, por el contrario, entra en el proceso de desamor total. Cuando el amor alcanza la madurez y las pasiones dejan paso a la razón, aquél se convierte más en  una actitud y en un compromiso; cuando el amor desaparece, si la razón no interviene y se ve nuevamente desbordada por las pasiones de signo contrario,  puede devenir en sentimientos radicalmente opuestos, como el odio.

Podría concluir pues con algunas respuestas a las preguntas planteadas al principio. No creo en el amor como ciencia,  ni en la posibilidad de que por medios científicos podamos descubrir los sentimientos amorosos de las personas; no creo que el amor podamos encontrarlo en una probeta de laboratorio, a lo mejor sí, pero no me gustaría; no soy capaz de definir al amor más allá de un sentimiento o conjunto de sentimientos que sintonizan con nuestras creencias o, en su caso y en la madurez,  una actitud, pero  siempre teniendo al hombre como medida de su intensidad y de su verdad. Creo en el amor como un proceso  y por lo tanto sujeto al devenir,  a la evolución y a su propia muerte. La conclusión a estas respuestas  podría ser una nueva pregunta: ¿El ser humano vive para amar o ama para vivir? Puede que en esta aparente contradicción se encuentren las claves; quizá el problema sea circunscribir el concepto amor a la relación entre dos personas y todo resulte más sencillo si lo abrimos en definitiva a todo aquello con lo que nuestra vida esta interactuando de manera continua.

Terminaré con una frase de D. José Ortega y  Gasset que me parece adecuada para concluir este ensayo: “No hay en toda la topografía humana paisaje menos explorado que el de los amores. Puede decirse que está todo por decir; mejor, que está todo por pensar.”[1]

[1] Ortega, J. Estudios sobre el amor. Revista literaria Katharsis Pág. 65

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