Si la filosofía es una pregunta permanente, una búsqueda incesante de respuestas, la religión es una realidad, casi paralela, que recorre la historia de la humanidad prácticamente desde que existen indicios de su existencia. El origen del cosmos, la creación, la aparición del ser humano, son preguntas sin respuestas definitivas, pero que intentan encontrar su sentido en los diferentes sistemas religiosos.
La pregunta o preguntas son claras: ¿Por qué el ser humano necesita la religión?, ¿cuál es su origen, su raíz?, ¿por qué un ser que se supone racional recurre a sistemas irracionales?, ¿por qué, en nombre de dios o de los dioses, cualesquiera que sean, la humanidad ha cometido y sigue cometiendo las mayores atrocidades?
El ser humano se ha preguntado siempre por el origen de la creación, quién y cuando se creó el mundo, se ha preguntado y se pregunta por sus propios orígenes, de donde viene y a donde va, preguntas que, en definitiva, buscan la revelación o la explicación de su propia existencia, el sentido de la vida y de la muerte, el lugar que ocuparemos en el más allá y lo que hemos de hacer para conseguirlo.
Todo trabajo necesita, necesariamente, de una acotación y, por eso, y más todavía en un tema como éste, voy a centrarlo en la religión en la Grecia clásica y prestando especial atención al tirano Critias, al epicúreo Lucrecio y al poeta y precursor de los anteriores, Jenófanes.
Deberíamos, quizá, remitirnos al siglo XI a. C., seguramente coincidiendo con las invasiones dorias y el momento en que se determina la definitiva composición étnica de la Grecia antigua, para perfilar las características de la religión que, como es sabido, se basa en el mito, entendiendo éste como el relato simbólico que contiene los acontecimientos cruciales de la vida del hombre o de la sociedad en que vive, y en la que mortales y dioses viven experiencias comunes.
Del caos original había surgido Urano – el cielo – y Gea – la tierra – quienes engendraron a los Titanes que se rebelaron contra su padre, instigados por su madre.
El Olimpo de los Dioses se fue llenando y sirvió de fuente de inspiración para otras confesiones que irían apareciendo en siglos posteriores.
“Los Dioses se reúnen en el Olimpo, en el que forman una sociedad que tiene su jerarquía y su ley. Figuran, en primer lugar, los doce grandes Dioses y Diosas: Zeus, Posidón, Hefesto, Hermes, Ares, Apolo, Hera, Atenea, Artemis, Hestia, Afrodita y Demeter. (…) sobre esta sociedad, Zeus reina con carácter de dueño soberano. Si alguna vez las divinidades abrigan veleidades de rebelión, el rey de los dioses no tarda en someterlas.”[1]
Son innumerables los episodios mitológicos en los que vemos, de manera clara, el origen de conocidos relatos bíblicos; especialmente atractiva me parece la figura de Prometeo y de su hermano, el imprudente Epimeteo, la de la seductora Pandora y, por supuesto la del justiciero e implacable Zeus que, curiosamente, decidió castigar a la humanidad sepultándola bajo las aguas de un diluvio universal.
Prometeo representa la bondad, el dios preocupado por la raza humana y no solo preocupado sino que “Una tradición ciertamente tardía, presentaba a Prometeo como creador de la raza humana. Con barro y agua – alguien afirmaba que con sus propias lágrimas – habría formado el cuerpo del primer hombre”[2] si bien es cierto que le atribuían esta creación con posterioridad al diluvio, antes mencionado, diluvio del que Prometeo, siempre vigilante, puso en antecedentes a su hijo Decaulión quien oyendo el consejo de su padre, construyo una embarcación y, junto con su esposa Pirra, hija de Epimeteo y Pandora, consiguieron salvarse.
Pero los relatos en los que podemos encontrar la fuente y el origen de tantas historias que fundamentan determinadas creencias religiosas son variados y solo tenemos que, sin salirnos de Prometeo y su familia, detenernos en el mito de Pandora, esa mujer de gran belleza que enamora al imprudente Epimeteo y que destapó su famosa caja, que en realidad era un gran vaso, dejando salir todos los males que luego acecharon a la humanidad.
Un Prometeo protector de la raza humana y que cuida y vela por ella, un Dios supremo e implacable que imparte justicia, representado por Zeus, un Decaulión que se salva del diluvio universal y una mujer Pandora, que es la causa y el origen de todos los males. Creo que, por evidentes, no es necesario hacer comparaciones.
CRITIAS
Critias, uno de los «Treinta Tiranos», defendía de manera clara y concluyente que el origen de la religión se articulaba en el marco del desarrollo de la cultura:
«En los antiguos tiempos la vida de los hombres estaba exenta de todo orden e igual a la del animal: dominaba la fuerza, y ni el bueno hallaba premio ni castigo el soberbio. Luego, según me parece, se crearon las leyes con castigo, para que sobre todos domine igual el derecho (…) la ley impedía al hombre cometer violencia a la luz, el crimen se sumió y reptó en la oscuridad. Entonces, me parece, un hombre astuto y prudente inventó para los mortales el temor a los dioses, tenía que haber un terror para el malo, aunque la acción, la palabra y el pensamiento fueran secretos. Así pues introdujo aquel hombre la religión: hay un ser feliz en vida eterna, cuyo espíritu oye, ve y está lleno de sabiduría, atiende a todo y es divino por naturaleza. Oye toda palabra que hablan los hombres y ninguna acción esconde a su mirada »[3].
Desde este punto de vista, la religión es, pues, un invento engañoso y arbitrario de un hombre astuto; invento, por otro lado, necesario para reforzar el papel de la ley. Pronto se dará una alianza inalterable a través de los tiempos, entre la ley y la religión.
LUCRECIO
Parémonos ahora, brevemente, en el pensamiento epicúreo de la mano de Lucrecio. Se suele reconocer que el pensamiento epicúreo no es una instrucción sino una actividad que, por medio de reflexiones y razones intenta proporcionar una vida dichosa. Para ello, y, prioritariamente, el hombre debe excluir de su vida ciertos temores de carácter religioso: el temor a los dioses y a la muerte. Lucrecio intentó demostrar que estas divinidades, inútiles, no intervenían ni en la libertad ni en la felicidad de los humanos. El intento de desarticular la esencia falsa de la religión le llevó a criticar las supersticiones que impiden al hombre ser feliz.
Lucrecio pretendió eliminar el miedo a la divinidad, demostrando que los dioses no han intervenido en la historia del mundo, ya que su intervención sería contradictoria con la misma esencia del ser divino. Se revuelve así contra la tiranía de la religión. La crítica de Lucrecio no se dirigirá esencialmente contra la superstición popular sino que su objeto fue principalmente la religión del estado, en cuanto sostenedora y promotora de las supersticiones.
Lucrecio intentó borrar esas creencias antiguas, que establecían que todo dependía de los dioses que se comportaban como nosotros, sujetos a pasiones y a los sentimientos de misericordia, piedad y/o venganza. Esas opiniones, que dominaban el corazón de los hombres, generaban un miedo incontrolado hacia lo desconocido.
Los epicureístas observan -igual que los escépticos- todos los usos culturales-religiosos, pero los separan claramente de cualquier miedo a la cólera divina o de beneficios materiales. Podríamos decir que los epicúreos mantienen a los dioses lejos del hombre y lograron que el hombre dejara de mirar la muerte con miedo; que se alzara orgulloso ante la nada. Así, se suele decir, nada terrible hay en el vivir para quien nada terrible hay en el morir. La felicidad del epicúreo consiste en la dicha continua y no en objetivos lejanos que la muerte bruscamente pudiera arrebatarnos, dejando así una vida sin sentido.
JENÓFANES
Pero si hay un autor que no puedo dejar de citar es al presocrático y por tanto anterior a los aquí expuestos: Jenófanes. Nacido hacia el 570 a.C. Jenófanes será uno de los más claros en sus críticas religiosas, no tanto a las creencias en sí mismas, sino a las representaciones humanas, en exceso, que se hacía de los dioses. “Jenófanes se plantea la cuestión de cómo han llegado los hombres a esas falsas representaciones de los dioses y la resuelve de un modo tan genial como sencillo: los hombres han formado los dioses a su imagen y semejanza”[4]
“Si bueyes, caballos y leones tuvieran manos como los hombres, si pudieran pintar como estos y crear obras de arte, pintarían los caballos dioses caballunos, bovinos los bueyes, y según la propia apariencia formarían las figuras de sus dioses”[5]
También critica Jenófanes que el hombre tienda siempre a ver la huella divina en fenómenos que él considera puramente naturales, como por ejemplo, la simple aparición del arco iris.
Sin embargo hay que decir que frente a la crítica a los Dioses, en plural, Jenófanes defiende el monoteísmo, la existencia de un Dios incognoscible para el ser humano ya que, éste, no está en condiciones de conocer la verdad, nunca saldrá de su ignorancia aunque esté y debe estarlo, en permanente búsqueda de la verdad, una verdad de la que nunca podrá estar plenamente seguro.
“Un Dios es entre los dioses y entre los hombres el mas grande
No comparable a los mortales ni en figura ni en pensamiento
Todo ojo, todo oído, y todo pensamiento es su ser,
Siempre en el mismo lugar se mantiene sin movimiento,
Y no es propio de él ir acá o allá, sino que
Sin esfuerzo abraza el todo con el poder del espíritu.”[6]
CUANDO EN EL FINAL ESTA EL ORIGEN
La religión es como una manual que los dioses, o sus enviados, han construido, y donde se recogen los fundamentos de cada doctrina, donde se establece lo que el ser humano tiene que hacer a lo largo de su vida para llegar en las condiciones óptimas a una cita ineludible: la cita con la muerte. Preparar ese momento crucial y desconocido, ha sido en el pasado y es en la actualidad una preocupación fundamental.
Para entender, pues, el origen de la religión, tenemos que acudir al final de la vida, al final del tránsito pasajero por un mundo del que, eso es seguro, nos iremos un día. El miedo a lo desconocido, la necesidad de saber que nos espera después de esa cita que todos tenemos, adorna al hecho religioso, con independencia de su doctrina, de unas enormes dotes de persuasión.
Decía Carlos Marx, que la religión era el opio del pueblo, que venía a representar la expresión de la criatura oprimida que sufre. “Marx constata la opresión como experiencia connatural al hombre (…) ¿Qué es lo que máximamente oprime al hombre? ¿Donde hallar la raíz de ese sentimiento de opresión que inevitablemente se le impone en su experiencia de vida?”[7]
Son preguntas que invitan a la reflexión, sin duda. La opresión, la justifican algunas confesiones, al estar viviendo, una vida de paso, en un valle de lágrimas. Un valle de lágrimas en el que tenemos que purgar – no todos, claro está – no se sabe muy bien qué tipo de pecados y que, una vez purgados, se nos abrirán las puertas de un mundo mejor. Morir es la liberación.
La reflexiones de Marx sobre la religión, tienen como objeto llamar la atención sobre las injusticias sociales de una sociedad mal construida, mal distribuida, injusta y, por lo tanto opresora.
Hoy vivimos tiempos difíciles, de tremendas desigualdades sociales en todo el mundo y, nuevamente, el hecho religioso aparece con una fuerza demoledora. El ser humano ve en la religión el símbolo para alcanzar la felicidad, el paraíso dicen algunos, un paraíso al que la forma más rápida de llegar es la muerte. No deja de ser curioso, una vez más, siempre es así, la sociedad, su modelo, sea cual fuere, aparece como vínculo necesario, como origen inevitable de las confesiones religiosas o de su auge desmedido.
La muerte es el final, pero un final con dos principios: uno teórico, el de una vida mejor y otro real, el que da sentido al hecho religioso, a las creencias. La muerte nos acerca a los dioses, a los del Olimpo o a quienes les siguieron, dioses que tenían y tienen, una característica común: la inmortalidad. La especie humana sigue en su sueño de alcanzarla, un sueño mágico y misterioso que se pierde en el origen de los tiempos y que encuentra en la religión un cauce, quizá el único, para hacerlo realidad
El ser humano cabalgando en pos de la verdad, de su verdad, de una verdad que, como dijo Nietzsche, es algo creado por nosotros, un concepto que provocamos y que queremos que sea compartido.
Para L. Feuerbach, nuestra mayor cualidad como especie es que configuramos y producimos divinidades. Feuerbach tiene la intuición de que lo que separa el mundo animal del mundo humano, es, precisamente, que el humano crea divinidades y que los ídolos que hemos creado se convierten en ídolos ajenos a nuestro propio proceso de creación; hemos creado divinidades y perdemos la conciencia de que esas divinidades son producto nuestro, y sin embargo les concedemos una existencia ontológica absoluta.
Perdemos la conciencia de nuestra creación. Comenzamos a reverenciar lo que es propio como si fuera ajeno, lo que he producido yo comienzo a verlo como algo que me domina. La alienación sería eso, eso que hemos producido comienza a dominarme como si no fuera producto mío. El hombre no está hecho a imagen y semejanza de dios sino, precisamente, justo al revés.
Las religiones, nacidas del afán del hombre por conocer, le convierten en su esclavo, le tiranizan, le alienan, le animalizan y le llevan a convertir las mayores atrocidades. En nombre de dios se han cometido y se siguen cometiendo barbaridades inimaginables que nos aterrorizan cada día.
Del miedo a dios o los dioses se pasa al miedo a los hombres que dicen defenderles y actuar en su nombre. Pero, ¿qué hay detrás de todo esto? La respuesta es sencilla y ya la anticipaba Critias y luego Lucrecio… y luego Marx, detrás de la religión, o más bien en su origen, está el poder de los estados, que han encontrado en la religión el instrumento adecuado para normativizar las relaciones entre sus miembros.
La religión está presente en nuestra vida, aunque no practiquemos ninguna. Dios no ha muerto como dijo Nietzsche, está muy vivo en nuestro día a día, en esta sociedad del miedo, un miedo necesario porque un pueblo sin miedo es un pueblo ingobernable.
BIBLIOGRAFIA
Benjamin FARRINGTON, «Mano y Cerebro en la Grecia Antigua«, Editorial Ayuso,
Madrid, 1974.
José FERRATER MORA, “Diccionario de Filosofía”, Editorial Ariel, Barcelona 2012
Félix GUIRAND, “Mitología General”, Editorial Labor, Barcelona 1965
W.K.C. GUTHRIE, “Historia de la filosofía griega”, [1969], Gredos, Madrid, 2012.
LUCRECIO, “De la naturaleza de las cosas” trad. De José Marchena, en: es.wikisource.org/wiki/Sobre_la_naturaleza_de_las_cosas
José SOLANA DUESO, “El camino del ágora. Filosofía política de Protágoras de
Abdera”, PUZ, Zaragoza, 2000.
Wilhelm NESTLE, “Historia del Espíritu Griego”, Ariel, Barcelona 2010
Eugenio TRIAS, “Por qué necesitamos la religión”, Barcelona 2000
[1] F. GUIRAND. Mitología General, Op. Cit., Pág. 128
[2] Ibídem, Pág. 125
[3] CRITIAS en W. Nestlé , Historia del Espíritu griego, Ariel, Barcelona 2010, pág 157
[4] Ibídem, Pág. 61
[5] JENOFANES, en W. Nestlé, op. Cit. Pág. 62
[6] JENOFANES, en W. Nestlé, op. Cit. Pág. 62
[7] Eugenio TRIAS, “Por qué necesitamos la religión”, Plaza y Janes, Barcelona 2000, Págs. 21 y 22