Vivimos, todos, una sociedad en la que, como ya anticipó Heráclito, solo el cambio permanece. El cambio es connatural a la vida, la vida misma es cambiar, y si quieres comprobarlo, como dice un viejo tango: «en cualquier foto vieja lo verás».
Hoy, además de los cambios biológicos, evolutivos, naturales, cambios que están marcados, sobre todo y de manera especial por el simple, y a veces cruel, paso del tiempo, vivimos unos cambios huracanados, auténticos tsunamis silenciosos, que están transformando nuestra vida, la de todos, sin que tengamos ni la más mínima opción de opinar sobre ellos. A veces, mayoritariamente, somos absolutamente ajenos a lo que suponen para nuestra vida cotidiana.
Me refiero, una vez más, a los cambios tecnológicos. Últimamente están apareciendo artículos y entrevistas que, como un pequeño soplo de esperanza, empiezan a alertar de los graves riesgos que estamos asumiendo sin que seamos conscientes de ello.
Me alegra, no puedo negarlo, me alegra y mucho ya que, desde mi modesta condición de observador de la vida, llevo ya algún tiempo trasmitiendo mi inquietud y preocupación.
Decía el otro día, Steven Spielberg en El Pais :
«Las redes sociales han creado una excusa para perder el contacto visual entre seres humanos. Los nuevos medios no requieren del cara a cara para comunicarse, y creo en el valor de mirar a los ojos de una persona y tener una conversación. Me asusta eso. Hoy existe menos contacto social. Nunca he estado en Facebook ni en Twitter.»
Me parece extraordinario, sí, me parece extraordinario que se recuerde la fuerza, el simbolismo, la transparencia del lenguaje de la mirada. Cara a cara, de frente, mirándonos a los ojos… son expresiones que tenemos que reivindicar porque están en la base, en la esencia misma de las relaciones entre las personas. Hoy todo, casi todo, gira en torno a ese invento, a ese lobo con piel de cordero, que son las redes sociales; un auténtico Gran Hermano, como creo que nadie puede ya dudar, que controla la vida de los usuarios, y la de todos en definitiva, al que prestamos un consentimiento pasivo, indiferente… irresponsable.
Releía estos días pasados el ensayo de Ortega y Gasset, (2012:55) «Meditaciones de la técnica», y con esa clarividencia que le caracteriza, comienza su ensayo diciendo:
«Uno de los temas que en los próximos años se va a debatir con más brío es el del sentido, ventajas, daños y límites de la técnica.»
Sin duda debería de ser un tema de debate amplio, profundo, serio; un debate que permitiera detectar los problemas, que los hay y de gran envergadura, y anticipar, en la medida de lo posible, las soluciones a los mismos.
La realidad es que estamos muy lejos de esa circunstancia y mucho más cerca de la que Ortega (2012:51), recogía con su reconocida claridad:
«(…) ante los más agudos problemas que con trágica intensidad angustian al hombre civilizado el individuo educado por la Universidad se queda paralítico porque no tiene conocimiento alguno de sus factores. Los que más próximos podían considerarse de las materias en que aquellos problemas consisten – los economistas – han dado el ejemplo del más completo fracaso. Los conflictos los han cogido de sorpresa, entre otras razones, porque no tenían contacto verdadero con la técnica y no incluían en sus previsiones y cálculos, los resultados económicos de ésta, no hablemos de sus resultados sociales»
Creo que el lector coincidirá conmigo en que la descripción orteguiana no puede tener mayor vigencia. Es evidente que las ciencias económicas, si realmente lo son, son claramente ciencias a posteriori, explican perfectamente todo lo que ha pasado e incluso son tan certeras en describir las razones que han originado los hechos que analizan, como absolutamente incapaces de prever, de anticipar, de diseñar escenarios que minimicen los impactos económicos y sociales que el, en mi opinión, mal llamado progreso, está originando en nuestra sociedad de la mano de los avances tecnológicos.
Pero no podemos olvidar que los verdaderos impulsores de los cambios tecnológicos no son, normalmente, los graduados en economía sino, entre otros muchos, los que reciben su formación en las aulas de las diferentes ramas de la ingeniería . Este hecho tampoco pasaba desapercibido para Ortega (2012:51):
«(…) los ingenieros, sumergidos cada cual en su tecnicismo especial, sin la educación panorámica y sintética que solo la Universidad puede dar, eran incapaces de afrontar ni prever el problema que la técnica plantea hoy a la humanidad.»
Hoy podemos ver esa realidad de una manera clara y evidente. La tecnología, más allá de erigirse en la auténtica creadora de realidad y de modificar sustancialmente los significados de lo público y lo privado, hoy totalmente confundidos, es destructora de empleo, una destrucción que, de la mano fría y metálica de las nuevas generaciones de robots, vamos a ver incrementada en un muy próximo futuro.
¿Quien está trabajando para anticipar esta situación y promover soluciones? Los ingenieros van a lo suyo: mejorar la técnica, simplificar procesos, optimizar rendimientos, abaratar costes… lógicamente trabajan en aquéllo para lo que están bien preparados. Las consecuencias de sus adelantos no les competen, no los han contratado para eso. Los economistas lo analizaran todo hasta llegar a la parálisis por el análisis, harán sus acostumbradas predicciones que nunca se cumplen porque siempre, la vida, las circunstancias, encierran variables que eran imposibles de prever y, por lo tanto, se verán obligados a corregir y a explicar, con ampulosidad y abundancia de ininteligibles datos, sus nuevas previsiones que nada o muy poco tendrán que ver con las anteriores.
Esta es la realidad. Nos guste o no.
Mientras tanto, ¿dónde está nuestra clase dirigente? ¿A qué dedican su tiempo?
José María Lassalle, secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital de España publicaba un artículo en El País que nuestros políticos deberían de leer con mucho detenimiento y del que simplemente destaco su inicio y un párrafo de su parte final:
«Mientras la vieja política y los cronistas oficiales que la acompañan viven atrapados en debates arqueológicos, el tsunami digital avanza hacia la disrupción inminente. En breve, todo cambiará y la inercia tecnológica nos situará ante retos que desbordarán la capacidad de análisis y decisión con la que hemos venido interpretando y gobernando el mundo desde la antigüedad. El planeta altera su eje de rotación analógica mediante la técnica y nuestra realidad, e incluso nuestra identidad, se hibridan digitalmente bajo la presión de la inteligencia artificial, los algoritmos y los datos. Lo inquietante de esta cibermutación global es que se produce sin control político ni pensamiento crítico, sin transparencia democrática ni debate y opinión pública informada(…) Debemos evaluar y pensar las consecuencias morales y políticas que puede tener para el ser humano una interactuación con la técnica tan intensa y sin límites como la que se avecina..»
El futuro está lleno de incertidumbre ante un hecho inequívocamente cierto: el mundo se está transformado a una velocidad alarmante en la que algo tan abstracto como los algoritmos van a ser, lo están siendo ya, los auténticos protagonistas.
El mundo está en manos del poder tecnológico, automatizado, un poder que no da la cara, que no mira a los ojos, un poder frío capaz de producir nuevas realidades virtuales casi imposibles de de detectar.
Google dice haber creado una inteligencia artificial capaz de diseñar otros modelos de inteligencia artificial superiores a los modelos creados por los humanos.
La producción de realidad alcanza unos límites difícilmente imaginables. Hace unos días, una cadena de televisión nos mostraba una imagen «virtual» de un conocido político americano, prácticamente imposible de distinguir de la imagen real. Hoy, la técnica, permite situar clones, casi exactos al original, en los escenarios mas diversos y/o crear humanoides casi perfectos que no seremos, no somos, capaces de distinguir. ¿Que es virtual y que es real?
Vuelvo a Ortega para recordar su cita y afirmar con él que es urgente abrir un debate amplio, profundo, serio, que nos lleve a encontrar el verdadero sentido y las auténticas ventajas de la técnica, al tiempo que nos permita valorar los posibles daños y , por lo tanto, establecer sus límites.
La privacidad esta en juego o quizá ya nos la hemos jugado en una gran medida, lo público y lo privado, como decía anteriormente, se confunden de una manera alarmante ante una complacencia preocupante. ¡Ya lo arreglarán! dicen algunos, ¡es el precio de los tiempos! dicen otros…
Las reglas del juego están cambiando, mejor, ya han cambiado y lo seguirán haciendo sin que ni usted ni yo seamos conscientes de ello. Nadie nos lo ha contado, ni seguramente lo harán, pero no podemos ni debemos olvidar que todo lo que estamos viviendo tiene consecuencias éticas, morales y políticas.
Como dice en su artículo José Maria Lassalle, lo preocupante es que nuestras vidas se conviertan en auténticos laboratorios de experiencias digitales, sin hoja de ruta ni debate público.
Es necesario, pues, un debate que, con la transparencia necesaria y en los foros adecuados, permita diseñar y divulgar las reglas del juego de esta sociedad que vivimos, nueva y distinta pero no por eso necesariamente mejor.
¿Estamos preparados para ello?
BIBLIOGRAFIA:
Ortega y Gasset, J. 2012 Meditación de la Técnica, Editilde S.L. Valencia