HIJOS DE LOS CINCUENTA

Los cincuenta, dicen,  fueron años oscuros, tristes, años que escribieron su historia en una España en blanco y negro, años de posguerra tardía, años en los que, utilizando títulos de película, dábamos la bienvenida a Mr. Marshall, cantando bajo la lluvia y solos ante el peligro.

Dicen que España era un país gris, sin alma; un país que caminaba,  sin moverse, desde el desastre hacia la nada. En ese país y en esa década nací yo y como yo 6.054.509 españoles más. Todos eramos, como dice el título, hijos de los cincuenta.

Mi familia vivía en un piso de alquiler, pequeño, modesto, con todos los lujos propios de la época, a saber: cocina de carbón para cocinar y  calentar la casa en invierno, cuarto de aseo donde todo el mobiliario era un váter, cuarto de estar multidisciplinar,  y tres dormitorios: el de mis padres, el de mi hermana y el de los demás. Con el tiempo llegó también una nevera de hielo. Todo un adelanto.

La no existencia de lujos permitía disfrutar al máximo de las estancias y del mobiliario que, en multitud de ocasiones y en especial las sillas,  cambiaba su función natural por la de improvisados e imaginativos elementos de juego, amén de los extraordinarios partidos de fútbol que se celebraban en el pasillo donde, lógica y afortunadamente, había poco que romper.

En la casa donde vivíamos había muchos hijos de los cincuenta y, los pisos, todos más o menos del mismo tamaño, se veían ampliados de forma natural al mantener durante muchas horas al día sus puertas abiertas, incorporando así  el espacio de la escalera como una zona adicional y ocasional de juegos.

Eran años de radio, de mucha radio, de Matilde, Perico y Periquín, de Felicidades con música, de Cabalgata fin de semana, de Mañana es fiesta, de Pinzón en Navidad, de… sí, sí, eran años de radio, la televisión aún no había llegado, vivíamos sin tele, sin móvil, sin wiffi, sin internet…. ¿Era posible vivir así?

Comprendo que visto desde el 2019 esto parezca un tiempo inventado, pero no, es un tiempo real  y, además, muy cercano. Un tiempo en el que los minutos duraban sesenta segundos y las horas sesenta minutos; los días tenían veinticuatro horas y los años duraban, salvo los bisiestos, trescientos sesenta y cinco días… Y los veranos ¡Que largos eran los veranos!

Hoy todo es diferente, vivimos en un tren de alta velocidad que nos lleva del presente al futuro en apenas unos cuantos clics; el tiempo y el espacio se miden de forma distinta, no sé si mejor, pero sí distinta.

Los hijos de los cincuenta, teníamos, sobre todo, tiempo, sí, es curioso, pero es la mejor manera que se me ocurre de describirlo. Teníamos tiempo para jugar, para leer tebeos de Hazañas Bélicas, Pulgarcito, TBO, El Capitán Trueno, El Jabato, Roberto Alcazar y Pedrin… todos ellos eran nuestras series de dibujos animados pero con una diferencia importante: la animación la teníamos que imaginar nosotros y, además, los teníamos que leer.

Los hijos de los cincuenta, al menos los que vivían en mi barrio, teníamos también la calle. Sí, la calle era nuestro espacio de vida. Cuando llegaba el buen tiempo, todos los chicos de la casa y casas vecinas, nos juntábamos en la calle. La calle era nuestro campo de fútbol, el escenario ideal para jugar a ministros contra ladrones, al taco, a las chapas, a churro va… o a cualquier otro que, fruto de la imaginación o de la improvisación, se nos pudiera ocurrir.

Yo nunca sentí, en mi infancia, que España fuera un país triste, ni gris, ni tampoco pobre, porque el concepto de rico y pobre no los tenía muy claros. Pero sí puedo decir que la infancia de los hijos de los cincuenta que yo conocí, mayoritariamente, fue una infancia feliz, una infancia austera y al mismo tiempo divertida, una infancia de pocos recursos pero de mucha imaginación, una infancia sencilla pero llena de ilusiones, una infancia sin tele pero con muchos amigos y, lo que es mejor, mucho tiempo para jugar con ellos.

Seguramente seguiré escribiendo sobre esos años políticamente oscuros pero intensamente  vivos, que fueron la antesala de una década que alguien calificó de prodigiosa y que, para muchos de nosotros, sin duda lo fue.

A mí, hijo de los cincuenta, me gustaría reivindicar aquellos años en los que la vida  se vivía, había que vivirla, de otra manera, más sacrificada, sin duda…pero más auténtica.

Escribir sobre ello va a merecer la pena… estoy seguro.

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