Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra… las notas de la canción de Cecilia llegaban por primera vez a nuestras vidas allá por la primavera de 1975. La censura, previamente, había decidido introducir modificaciones en la letra de la canción que, originalmente, recogía expresiones que los censores pudieron calificar de poco apropiadas y potencialmente peligrosas: “… esta España viva… esta España vieja… esta España nueva… esta España muerta… esta España en duda… esta España ciega.”
De esa España mía, la de Cecilia, han pasado ya 44 años y, si me lo permiten, han pasado también muchas Españas.
Hoy, Cecilia, tenemos 19 Españas oficiales – 17 comunidades autónomas, más Ceuta y Melilla – o al menos 19 formas diferentes de vivirla, de entenderla y de conocerla, si por conocerla entendemos conocer su historia, la nuestra, una historia que, en muchas ocasiones, demasiadas, nos cuesta reconocer porque, en esta España nuestra, hemos apostado por una interpretación libre de la historia; se puede cambiar, adaptar o incluso inventar sin rubor alguno y, todo, con el consentimiento activo o pasivo de todos, y muy especialmente de aquéllos a quienes, a lo largo de estos 44 años, otorgamos la confianza de gobernar este país, un país que todavía se sigue llamando España y en el que el concepto patria se ha particularizado.
Recuerdo que en el año 1999, en la película Paris-Tombuctu, se nos anticipaba algo de lo que hoy vivimos. En ella el letrero del cuartelillo de la Guardia Civil del pueblo donde se localizaba la acción decía, con humor Berlanguiano: “Todo por las Patrias”.
Quizá el término patria o patriotismo o patriótico, forme parte de la historia casposa de una España vieja, de esa España vieja de tu canción, Cecilia. Hoy la palabra Patria y España, y/o los símbolos que las representan en el orden internacional, su bandera y su himno que, por cierto, datan del siglo XVIII y, por tanto, no son en modo alguno un producto del antiguo régimen, son, sin embargo, objeto de rechazo por una parte de los ciudadanos y, sobre todo, tienden a identificarse, lamentablemente, con determinados posicionamientos políticos.
Resulta curioso y aleccionador que durante la primera República (1873-74) de la que no sabemos demasiado, se respetó el himno, que gozó de cooficialidad, y por supuesto se mantuvo la bandera rojigualda como símbolo de la nación, modificando tan solo el escudo que, como sabemos, era el escudo de la monarquía. El himno solo perdió su condición de oficial durante el llamado Trienio Liberal (1820-1823) y durante la segunda República (1931-1939) que no pareciéndole suficiente cambiar el himno también sustituyó, como es bien sabido, la bandera rojigualda por la tricolor. La bandera rojigualda data de 1785 aunque su oficialidad fue proclamada por la reina Isabel II en 1843.
Pero volvamos contigo, Cecilia. Tú, en tu canción, incluías también tres preguntas dirigidas a tu querida España:
¿Dónde están tus ojos?, ¿dónde están tus manos?, ¿dónde tu cabeza?
No lo sé Cecilia, pero quiero pensar que si la España de hoy pudiera contestarte te diría que tiene los ojos abiertos, muy abiertos, perplejos, sorprendidos, espantados del espectáculo que la pantalla de la televisión y la prensa le ofrece a diario sobre los acontecimientos que se están sucediendo en un pedazo de su territorio histórico, aquél que en sus orígenes, antes incluso de incorporarse a la Corona de Aragón, cuando solo existían los territorios asimilables a la Barcelona y Gerona de hoy, era conocido como la Marca Hispánica; a ese territorio, que luego, mucho después, paso a denominarse Cataluña, hoy, los que dicen quererlo más que nadie, lo están llevando, si alguien no lo remedia, al desastre social y económico. Es el ejemplo práctico de lo que tú, Cecilia, dices en tu canción: esta España ciega, pueblo de palabras y de piel amarga.
Las manos y la cabeza, admirada Cecilia, estarían juntas, porque el único lugar al que se pueden llevar las manos es a la cabeza, una cabeza que como depositaria de la vista, el oído y la palabra, ya no sabría dónde mirar, ya estaría cansada de escuchar necedades, sin distinción de su procedencia, ya no sabría qué decir, porque cuando la barbarie se desata, por un lado, y el hombre masa orteguiano, tan presente hoy en nuestra clase política, pasa a la acción, posiblemente lo más acertado, lo único posible, sea guardar silencio.
Las escenas que hemos vivido con la crisis, social y política, de ese trozo de España nos muestran claramente a la España ciega. Hay muchos tipos de ceguera y el fanatismo político, venga de donde venga, es uno de ellos; la idea supremacista que alimenta los nacionalismos aún lo hace más ciego y peligroso, y si el nacionalismo es particularista, como lo definió Ortega en su debate sobre el Estatuto catalán en 1931, el problema alcanza una dimensión de especial gravedad. La historia está, no obstante, llena de ejemplos que la España ciega se niega a ver, porque no quiere mirarse en la historia y aprender de lo vivido.
Esta España ciega, Cecilia, no es solo la España violenta que nos muestran las noticias, es también las de los políticos incapaces de ver más allá de sus propias Españas y se empeñan en andar el camino que nos lleva, a todos, a ninguna parte; la clase política de esa España ciega tapa sus ojos con las vendas negras de tu canción, para imaginar un paraíso que no existe mientras inician un vuelo con tus alas quietas que, guiadas por el olvido y la ficción, les lleva irremediablemente al abismo de la historia ya vivida, una historia en la que no encontrarán, porque no las buscan, la respuesta a tus preguntas: ¿Quién pasó tu hambre? ¿Quién bebió tu sangre cuando estabas seca?
Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra.
¡Quo Vadis España!