Yo soy exdemócrata… ¿y usted?

Recuerdo que siendo yo muy crío, viví en el colegio una discusión apasionada sobre qué padre, de los que estaban enzarzados en un apasionado debate, era mas importante o había sido o era el mejor en algo. No recuerdo muy bien el contexto, pero sí recuerdo perfectamente que frente a los que decían que sus padres habían sido o eran campeones de algo – que más da de lo que fuera – uno de mis compañeros zanjó la discusión situando a su padre en la zona más alta posible al decir: «¡pues mi padre es excampeón!».

Me encanta recordar esta anécdota porque para aquél compañero de colegio ser «ex» era sinónimo de haber alcanzado lo máximo y no solo eso sino que, además, nadie iba a a ser capaz de superarlo. Quizá ahora, si alguien lee este artículo, empiece a entender el por qué del título que he elegido.

Hoy me apetecía mucho seguir escribiendo de palabras, sí, y la palabra excampeón me parecía una buena llave para abrir una puerta que no sabía muy bien adonde me iba a llevar. La realidad es que, excampeón, pronunciada en el contexto de la historia de mi compañero de colegio, me servía muy bien para abordar, aunque sea superficialmente, el uso inadecuado que, con mucha frecuencia, hacemos del lenguaje.

La siguiente palabra elegida en este caso es, como ha podido adivinar, la palabra democracia. Para ello y aunque me parece tremendamente aburrido, hoy he querido dedicarle una parte de mi tiempo a reflexionar sobre el sistema político, y por ende de convivencia, que disfrutamos en nuestros país y quiero hacerlo, precisamente, desde el significado o significados que se encierran en una palabra tan manipulada como es la palabra democracia.

Quizá no esté de más recordar que, democracia, tiene su origen etimológico en la Grecia clásica, demos= pueblo y krátos=gobierno, es decir, que en su sentido actual, un sistema democrático es aquél que da el auténtico poder decisorio al pueblo soberano, y digo en su sentido actual porque no lo era así en su sentido original. En la época de Pericles, posiblemente el más aclamado padre de la democracia en la Grecia clásica, el sistema político poco o nada tenía que ver con el que conocemos hoy en día, y no estoy diciendo que el de hoy sea mejor ni peor, simplemente creo que no es posible establecer comparaciones que presenten un mínimo de solidez, o yo, un escritor sin lectores de los muchos que circulamos por este mundo de las palabras y las letras, no soy capaz de dársela. Por tanto, de su origen, solo nos queda el sentido etimológico y poco o nada más.

En cualquier caso y como ya indiqué en el artículo sobre la memoria, todas las palabras tienen su curriculum y en ese curriculum podemos encontrar los diferentes usos y significados que, a lo largo de los tiempos, han ido enriqueciendo o empobreciendo la vida de las palabras. Democracia es, sin duda alguna, una palabra que encierra grandes contradicciones, o mejor, el uso inadecuado que se ha hecho y aún se hace de ella, ha originado que sea utilizada para definir sistemas políticos o modos de gobierno como la República democrática del Congo o República popular democrática de Corea y que en nada se parecen a lo que en nuestra sociedad occidental o en buena parte de ella, entendemos por democracia.

Es claro una vez más, que las palabras nacen, crecen en significados y usos y un día, agotadas, inician su viaje hacia el archivo de las palabras olvidadas, un viaje al que le llevan, en ocasiones, las enormes contradicciones que, quienes las usamos, vamos introduciendo en su curriculum.

Hace unos días, no muchos, me encontré, por azar, una definición de democracia atribuida al político israelí Shimón Peres en la que decía:

«la democracia implica una división, una colección de desacuerdos. No es un lugar de gente similar sino de gente diferente. Su principio no es de igualdad sino de igualdad de derechos para que cada quien sea diferente, y no obstante las diferencias y los puntos de vista variados, sea posible vivir juntos y sin violencia. La democracia es la historia de la pluralidad y la tolerancia, no la de la victoria y la imposición. Por ello no hay victorias en la democracia, hay paz y la paz es la verdadera victoria de la vida política de los pueblos».

No sé si la definición, en verdad, es del político citado o no -de la red de redes no puedes fiarte demasiado- pero en cualquier caso me gustó porque, creo yo, recoge con bastante fidelidad lo que es la esencia de lo que entendemos por una sociedad democrática pero… ahora vienen los peros y la pregunta del millón: ¿Cómo se gestiona esto?

Es evidente que no podemos vivir en la división y el desacuerdo perpetuo, aunque estos sean los puntos de partida de eso que llaman democracia y que, como dice bien la definición antes mencionada, es un lugar de gentes diferentes, que piensan diferente pero, añado, que deben buscar mecanismos de negociación para buscar lo que les une y minimizar lo que les separa, debiendo tener siempre como objetivo el bien común, entendido este como el mayor bienestar posible para los ciudadanos de un país. Para lograrlo, y que no pueda hablarse ni de victoria ni de imposición, han de ser capaces de llegar al entendimiento y el acuerdo.

Evidentemente esto es tan deseable como utópico, o de dicho de otra manera : la partitura está bien escrita pero no tenemos músicos para interpretarla.

Aquí y ahora y desde hace ya buen número de años, funciona la partitura del insulto, de la descalificación, una fórmula que se ha contagiado al pueblo soberano, a través de las redes sociales, y que deja en evidencia a unos políticos intelectualmente mediocres, que hacen de la mentira y el insulto su forma de vida y a una sociedad que no termina de madurar y que se deja manipular de una manera asombrosa; una sociedad que entra con facilidad en el juego de los miedos al fascismo o al comunismo con que nos amenazan esos charlatanes vulgares que solo piensan en defender su escaño y en no perder el voto que se juegan en las próximas elecciones… cuando toquen.

Me repugnan los extremismos, cada día más, deben ser cosas de la edad aunque, si he de ser sincero, nunca he sido amigo de los extremos. Yo en mi historia como ciudadano que vota, creo haber sido muy moderado aunque no fiel. No me importa declarar mi admiración por la figura de Adolfo Suarez, personaje que supo hacer su propia transición personal y que tuvo la capacidad de dirigir, con enorme valentía, un país que se desangraba con los atentados diarios de ETA, los ruidos de sables de los cuarteles, y las enormes dificultades económicas. Él supo dar la cara en todo momento, supo sentar a todos los partidos y los comprometió en los pactos de la Moncloa el 25 de octubre de 1977, año en el que el IPC, hay que recordarlo, tocó techo en nuestro país al superar la disparatada cifra del 26 %. Los acuerdos alcanzados fueron claves para sacar a España del pozo sin fondo en el que nos encontrábamos. A estos politiquillos aficionados y mediocres de hoy, que sin haberla vivido tanto critican la transición que él lideró y que todos los partidos apoyaron sin excepción, – símbolos nacionales y monarquía incluida -incluidos los comunistas liderados por Santiago Carrillo, a ellos, repito, me gustaría verlos gestionando situaciones como las que él tuvo que afrontar, con intento de golpe de estado incluido.

Pero volvamos al momento actual y sigamos pensando en la palabra democracia. Aunque los teóricos o los politólogos o las personas influyentes que disponen de tribunas para divulgar sus opiniones, digan y defiendan que el auténtico protagonista de la democracia es el pueblo, yo, anónimo escritor, estoy en absoluto desacuerdo. Los auténticos protagonistas de la democracia son precisamente los políticos y los partidos, y esa es, en mi opinión, la gran enfermedad del sistema y de su progresivo descrédito.

Los 37.000.000 de electores españoles no eligen candidatos, eligen partidos. No me atrevo a decir que votan ideología porque entonces tendríamos que abordar un debate interminable para el que no me siento preparado ni es el objeto de este artículo. Sí en cambio voy a dejar una pregunta abierta: ¿Todos los candidatos de un mismo partido interpretan del mismo modo la ideología que, supuestamente, da sentido a su organización? piénselo y compare los comportamientos, mensajes, formas, que emplean diferentes políticos que, a priori, defienden los mismos principios… pero, posiblemente, distintos finales.

Me tengo que remitir una vez más al filósofo fallecido Zigmunt Bauman para reafirmar que la ideología, hoy, es más líquida que nunca.

Según datos obtenidos en internet de los partidos más relevantes, el Partido Popular cuenta con unos 700.000 afiliados, el PSOE con 600.000 y Unidas Podemos no llega a los 500.000. Estos afiliados, en el mejor de los casos, son los que tienen posibilidades de votar y/o ser votados para presentarse a los diferentes comicios que periódicamente son convocados. La mayoría del censo, que no pertenecemos a partido alguno por decisión propia, claro está, tendremos que optar por votar a una lista cerrada y convenientemente ordenada, que previamente ha sido confeccionada por el comité electoral de cada uno de los partidos que participan en la campaña electoral.

El ciudadano votante elegirá entre las diferentes listas, cada cuatro años, y hasta allí llega su poder y su protagonismo.

Ya sé que esto es complicado pero a mi me encantaría tener la oportunidad de poder votar a «personas» con independencia del lugar que ocupen en la lista o de las siglas del partido que han elegido para presentarse. Me encantaría hacer realidad lo que decía la definición de democracia expuesta más arriba: «la democraciaNo es un lugar de gente similar sino de gente diferente...La democracia es la historia de la pluralidad y la tolerancia, no la de la victoria y la imposición«… pues las listas electorales también me gustaría que fuesen así.

Me encantaría que, los candidatos, se ganasen la confianza del elector por su acreditada capacidad personal, por su voluntad de negociación y de entendimiento, por su capacidad de convertir los desacuerdos en acuerdos, por ser capaces de entender que la diferencia también suma y por hacer buena la teoría de que la democracia es la historia de la pluralidad y no de la imposición. Me gustaría que no existieran vetos de ningún tipo y que todos los candidatos cumplieran escrupulosamente los requisitos legales y los mandatos constitucionales, de forma y manera que aquéllos cuyos programas o posicionamientos personales puedan ser una amenaza cierta para la convivencia y/o para el sistema y las instituciones, queden excluidos por ley de cualquier proceso electoral.

Llegados a este punto yo creo que es imprescindible dar un paso adelante y ofrecer una oportunidad a la utopía. Para ello propongo sustituir la vieja y maltratada palabra Democracia heredada de la Grecia clásica, cambiando el prefijo griego, demos, por el respectus latino que podría traducirse como: «volver a mirar, no quedarse con la primera mirada que hacemos sobre algo y revisarlo, respetar y tener miramiento» .

Si las revoluciones se inician con las pequeñas cosas cotidianas, como casi todos los cambios en la vida, cambiar Democracia por Respetocracia es cambiar una palabra gastada por una nueva que, además, es transparente; sí, se explica a si misma, tanto al leerla como al escucharla, y se explica porque empieza con la palabra respeto, que suena como un aviso, una advertencia, un reto o, quizás, una exigencia.

Hoy nos quedamos con la primera mirada y no profundizamos; estamos en una sociedad acomodada en la superficialidad, y aficionada al juicio rápido y la etiqueta fácil carente de fundamento alguno y, por supuesto, sin el más mínimo respeto. Aspiremos a subir ese escalón en nuestra convivencia y trabajemos por un futuro en el que nuestras posiciones y nuestras diferencias se defiendan a través de la palabra y el diálogo, interpretando siempre la vieja partitura del respeto a las personas, a sus creencias, a las normas sociales que posibilitan la convivencia, a los símbolos de todos, y a nuestras instituciones.

En cada cita electoral podemos ver como la abstención es cada vez mayor ¿por qué? Creo que la respuesta es sencilla: ese pueblo soberano que vota cada cuatro años está harto de que le tomen por tonto, está harto de políticos mediocres, de un sistema cada vez más vacío y desacreditado entre otras razones, creo yo, por la ausencia casi total de algo tan elemental y básico como es el respeto. En la últimas elecciones en el país vecino, Francia, en su primera vuelta, la abstención ha obtenido la mayoría absoluta: un 52 %. ¡Impresionante!

¿De verdad no se preguntan por qué pasa esto? ¿es posible que no se den cuenta de que sus comportamientos, sus actitudes y sus mentiras, sean de derechas o de izquierdas, cada vez interesan a menos gente?

Despidamos con honores a la vieja palabra Democracia, gastada y cansada, démosle un lugar de honor en el archivo de las palabras olvidadas y convirtámonos todos en exdemócratas y respetócratas al mismo tiempo, dando una esperanzadora bienvenida a la palabra Respetocracia.

Por todo esto, y por muchas cosas más que quizá en otra ocasión exponga, yo les invito, desde el respeto, a ser críticos con lo que ven y escuchan a nuestros representantes políticos, sean de izquierdas o de derechas, da lo mismo. Reflexionen, valoren y pregúntense si debemos seguir alimentando su ego, su mediocridad, su capacidad de insultar y sus ambiciones de poder, dejando que sigan conduciendo este tren de alta velocidad en el que todos viajamos, o si, por el contrario, debemos de hacer algo, por pequeño que sea, que pueda contribuir a cambiar la forma de conducir y de conducirnos.

Mi propuesta es sencilla y compleja a la vez: respetar y exigir respeto, solo eso, nada más y nada menos. Lo sencillo es que podemos empezar ya, porque es algo que depende solo de nosotros, de cada uno. Respetar y exigir ser respetados nos pondría en el camino de conseguir una sociedad más educada y más amable. Lo complejo del reto es que estamos muy lejos, lejísimos, del objetivo. Reeducar a una sociedad tan irrespetuosa requiere, sin duda, de un gran esfuerzo y mucho, mucho tiempo. Quizá ya sea tarde.

Antes decía que había que darle una oportunidad a la utopía, pero sé que la utopía, por su propio significado, nunca se cumple y si se cumple es porque no era una utopía. Mi propuesta creo que sí lo es y por eso debemos tener lo que popularmente se llama un plan b, un plan b, el mío, que se resume en la frase con la que termino esta reflexión y que está inspirada en una famosa obra de Adolfo Marsillach: Yo me bajo en las próximas elecciones… ¿y usted?.

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