Era un día soleado de invierno. Yo paseaba distraídamente por una calle céntrica de nuestra heroica e inmortal ciudad y al cruzar de acera escuché que alguien me llamaba, me volví y vi a un muchacho sonriente que con gran entusiasmo se dirigía hacia mí.
- Rafael ¿Cómo estás?
Mi sorpresa inicial al no identificar a mi interpelador, se torno en sonrisa al darme cuenta de quién era él.
- ¡José Antonio! ¿Cómo estás?, ¿y tu padre? Hace años que no le veo.
José Antonio era hijo de un viejo amigo al que, en verdad, hacía mucho tiempo que no veía. Él, en otra época de mi vida, había intentado que le ayudase a orientar la vida profesional de su hijo pero, a fuer de ser sinceros, el chico, José Antonio, no iba muy sobrado ni de aptitudes ni de ganas de trabajar.
- ¿Qué es de tu vida? Pregunté yo haciendo ver que me interesaba cuando, en realidad, me importaba un carajo.
- Estoy intentado dedicarme a la política.
- ¡Ah!, eso está muy bien, dije yo, sencillamente por decir algo
- ¿Y en qué momento estás? Le pregunté.
- Estoy empezando. Esto es una carrera de fondo y he decidido empezar desde abajo. Quiero llegar a lo más alto.
- Empezar desde abajo, eso está bien, le dije yo. Eso quiere decir que has empezado sencillamente por afiliarte, ¿es así?
- Sí, me contestó con rotundidad.
- Así es, prosiguió, pero ya he empezado a formarme, estoy haciendo el primer curso de cabeceador.
Reconozco que me quedé estupefacto. Sí, ¡había cursos de cabeceadores!
Antes de seguir contándoles mi conversación surrealista y propia de una película como Amanece que no es poco, he de decirles que, desde siempre, he sentido una especial curiosidad por los cabeceadores del mundo político. Me llaman la atención, no puedo remediarlo ¿los identifican ustedes?
Miren, solo tienen que observar al coro que acompaña las intervenciones públicas de los líderes políticos, son gente desconocida para el gran público, que suele estar detrás pero no lejos del líder, de pie o sentado, según sea el acto, pero que tienen una importancia capital; son los responsables de cabecear, asentir con sus gestos y aplaudir con las orejas los mensajes que desgrana su líder o lideresa. No hablan, solo gesticulan, están aprendiendo, al parecer son alumnos del curso de formación en cabeceador que, según mi informante, imparten los partidos políticos, no sé si todos, pero es muy posible, creo yo, que en esto sí que tengan unanimidad.
Ahora, hecha esta aclaración, vuelvo a mi conversación con el hijo de mi amigo, el lince y prometedor José Antonio.
- O sea que estás en primero de cabeceador, que interesante, nunca pensé que hubiera cursos para esto… está muy bien. Sí.
- Yo estoy muy contento – replicó José Antonio – me da oportunidad de conocer a mucha gente, asistir a los mítines de gente importante del partido y aprender a ser como ellos y a decir las cosas que dicen.
- Ya lo creo, le dije, es una gran oportunidad la que tienes por delante y… ¿duran mucho esos cursos?
- Depende, normalmente no menos de dos años pero yo estoy poniendo mucho interés y espero aprender en poco más de un año.
- Que interesante ¿Cómo es el proceso de aprendizaje?
- Tenemos que aprender a identificar el momento del mensaje en el que hay que cabecear y sobre todo la intensidad. La intensidad es muy importante.
- Claro, claro, supongo que sí ¿Y quién os enseña u os corrige vuestra forma de cabecear?
- En nuestro partido es un señor mayor, ya jubilado, que ha viajado por todo el mundo, ha estado en congresos, mítines, y se especializó en enseñar a cabecear y, realmente, es un auténtico fenómeno. Tendrías que ver como cabecea, como elige el momento y escoge el ritmo pausado o rápido en función del mensaje que se está trasmitiendo. Es un referente para todos. De hecho, cuando los de arriba tienen que mandar mensajes importantes, siempre quieren tenerle a él cerca porque sus cabeceos les refuerzan muchisimo y se sienten más seguros.
Yo no salía de mi asombro y volví a acordarme de mi película de culto, Amanece que no es poco, cuando en la celebración de la misa, una feligresa, fiel seguidora del cura que decía la misa, anticipaba lo que iba a ocurrir diciendo a los que asistían por primera vez: “Ya verá que alzamiento de hostia hace este hombre”. En este caso dirían: “Ya verá que forma de cabecear tiene este hombre”.
He de reconocer que me picó el gusanillo y quise seguir profundizando en el conocimiento del despropósito que estaba escuchando pero que, por otra parte, me permitía entender el trabajo de toda esa cuadrilla de seguidores fieles, cabeceadores profesionales, que vemos a diario en los telediarios.
- Debe de ser muy interesante acudir a sus clases y ver que metodología utiliza. Dije yo.
- Es todo muy visual, Rafael, normalmente pone los vídeos de la semana de los actos a los que hemos asistido y nos sometemos a un análisis grupal de cómo lo hemos hecho. Se analiza si hemos cabeceado en el momento clave del discurso, cuánto tiempo hemos aguantado el cabeceo y si la intensidad ha sido o no acorde a lo esperado. Aunque no lo parezca es muy duro.
- Claro, claro, le dije, ya lo supongo, sobre todo debéis de acabar con las cervicales destrozadas.
- No solo las cervicales, el estado general es de gran tensión porque nunca sabemos lo que el lider va a decir en el discurso.
- ¿No os dan el guion?
- No, todo es improvisación, no se planifica nada. Dicen que es la mejor manera de aprender el oficio de político.
- Oye, José Antonio, y dentro de los cabeceadores, ¿hay niveles?, es decir, cabeceador de directores generales, o de presidentes de diputación o de concejales, alcaldes, ministros…
- Sí, sí, claro, yo ahora solo voy de cabeceador con consejeros o candidatos autonómicos pero a final de año, si lo hago bien, quiero estar de cabeceador en las elecciones de ámbito nacional y poder acompañar en las comparecencias a algún ministro o ministra.
- ¡Jo!, no te envidio amigo, ¡vaya trabajito que te has buscado!. Espero que tengas suerte y que llegues a cabeceador del Presidente de Gobierno.
- No sé, eso es muy difícil, pero yo lo voy a intentar. Los veteranos dicen que todos los cabeceadores de los primeras series son gente que ya está muy bien colocada, bien en los órganos del partido o en puestos en la Administración y eso es lo que yo quiero.
- Sería estupendo, claro que sí, un buen puesto que te de tranquilidad económica y que solo te obligue a cabecear cuando toque.
- Confío en poder conseguirlo. Me estoy esforzando a tope y a ilusión no me gana nadie.
- Bueno José Antonio, mucha suerte, me alegro de verte y dale un abrazo a tu padre.
- Gracias y ya te tendré informado de mis progresos.
Continué paseando y , sin darme cuenta, comencé a cabecear mientras pensaba que no le había preguntado a qué partido pertenecía aunque, bien pensado, la respuesta hubiera carecido de interés.
Es evidente, amable lector, que este esperpento es un simple fruto de mi imaginación. Ni existe el tal José Antonio, ni, obviamente, yo conocí a su sufrido padre. Me apetecía hacer mi personal homenaje a esas personas anónimas, de momento, que encuentran su minuto de gloria cabeceando las profundas reflexiones de su carismático o carismática lider o lideresa y, por añadidura, aparecen cerca de él en fotos, videos y reportajes varios que difunden los medios de comunicación y que, seguramente, colman sus aspiraciones y dan sentido a su vida.
Si usted no había reparado en ellos, hágalo a partir de ahora, disfrute con sus gestos, sus afirmaciones, su entrega total a la causa del lider y piense que quizá, un día, alguno de ellos o ellas, puede llegar a ser Presidente de gobierno.