Es frecuente en la sociedad de nuestro tiempo y supongo que en otros tiempos también, calificar con un cierto desprecio a aquellos que, en determinados momentos, pueden sentirse nostálgicos. Es un síntoma de viejos, de carcas y de antiguos, dicen los que se sienten modernos o que, aún pensando y sintiendo como tú, les avergüenza reconocerlo.
El término «nostalgia» es de raíz griega y fue acuñado por médicos suizos a finales del siglo XVII, para describir la sensación de añoranza por el hogar que sentían los soldados. Es verdad que su origen griego, νόστος (nostos = regreso) y ἄλγος (algos = dolor), parece indicar que la nostalgia es necesariamente triste o dolorosa. La RAE lo certifica al añadir a la definición de los médicos suizos una complementaria: «Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.»
Personalmente no comparto la idea de mezclar nostalgia y melancolía, aunque nada más lejos de la intención de este escritor sin lectores que corregir a la más alta autoridad de nuestra lengua. En mi caso, y por mi propia manera de vivirla, he llegado a la conclusión de que la melancolía puede ser una consecuencia de la nostalgia pero no está necesariamente implicada en ella.
En cualquier caso y como ya he dejado constancia en otros artículos, todas las palabras tienen su curriculum y por supuesto, muchas también, van evolucionando y enriqueciendo su significado en función del uso que en cada momento se hace de ellas. El hecho de que en su origen griego el significado de nostalgia sea, precisamente, regreso al dolor, la marca irremediablemente.
Buscando información sobre su evolución , podemos ver que tenía una consideración generalmente negativa hasta bien cerca de los años ochenta del siglo pasado cuando, en 1979, el sociólogo Fred Davis hizo la primera interpretación moderna de la nostalgia asociándola con hechos positivos. A él le han seguido otros estudiosos del tema como el escritor y psiquiatra Rafael Euba o el psicólogo Constantine Sedikides y seguramente muchos más, que han contribuido a enriquecer su significado, su curriculum, y han abierto nuevas puertas, nuevas formas, nuevas perspectivas a la hora de analizar como, la nostalgia, acaba influyendo en nuestras vidas.
Personalmente y al margen de las opiniones de los antes mencionados, yo me identifico con la idea de que la nostalgia es un sentimiento, sí, un sentimiento en el que, como si fuera un cocktail , mezclamos unos cuantos recuerdos , unas gotitas de placer y paz y una sonrisa entre tímida y triste.
¿No lo sintió usted nunca? Yo sí.
La nostalgia no tiene edad, es transversal, aunque es verdad que cuanto más recorrido vital tienes, es decir, cuanto más mayor te haces, mas archivos de tu memoria pueden despertarse y llevarte, siquiera momentáneamente, a experimentar ese sentimiento de nostalgia: una calle, una ciudad, un libro, una película, una canción, una foto… ¡qué sé yo! , hay mil circunstancias que pueden moverte y te mueven a recordar y sentir la magia de la nostalgia sana y divertida.
Me parece absurdo que alguien se niegue a aceptar que este sentimiento forma parte de la vida. «No, no, yo no soy nada nostálgico, yo vivo el presente, soy una persona de mi tiempo»… Esta expresión, o parecida, que seguro han escuchado alguna vez o incluso han podido pronunciarla, yo creo que es producto de la confusión entre el sentimiento sano, nostalgia, y el sentimiento enfermo, melancolía; sí, es verdad que no se puede vivir en el pasado, pero no lo es menos que no se puede vivir sin él.
He cumplido setenta años, muchos sí, y yo, como usted y como todos, soy lo que soy gracias a lo que he ido siendo desde que nací. De todas las etapas de mi vida tengo alegrías y tristezas, buenos y malos recuerdos, buenas y malas experiencias, buenos y malos comportamientos, actitudes positivas y negativas, encuentros y desencuentros, decepciones, desengaños, éxitos y fracasos, aciertos y errores, amigos y enemigos, he conocido y experimentado la lealtad y la deslealtad, he conocido a gente culta, sabia incluso, así como a vanidosos ignorantes cuya principal ignorancia era ignorar su propia ignorancia, he conocido a gente buena, incluso muy buena, y a gente mala, incluso muy mala, he conocido la soberbia y la ambición del poderoso, de aduladores y trepas y también la generosidad de la gente sencilla, amable y siempre dispuesta a ayudar. En definitiva… he vivido, intensamente, 70 años.
Para mí, ignorar el camino y las experiencias de la vida vivida no solo es imposible, sino que si lo hiciera, sería tanto como renunciar a los recuerdos y cerrar el archivo de la memoria. Ni puedo ni quiero hacerlo.
Visto lo escrito, y dado lo aficionados que somos en esta sociedad a poner etiquetas, usted podría decir que soy un nostálgico pero se equivocaría; no soy un nostálgico, pero disfruto de mis recuerdos y sus momentos nostálgicos, de la misma forma que no soy un melómano – aunque me gustaría – pero disfruto con la música.
Vaya pues mi aplauso para la nostalgia y los nostálgicos que la viven como un maravilloso momento de paz y gozo interior. De igual modo llamo a no confundir este sentimiento con el de aquéllos que no solo viven instalados, anclados, en un pasado del que no saben salir, sino que son incapaces de vivir el presente sin compararlo con alguna o algunas etapas de su vida en la que se quedaron atrapados. Esas personas que ven con una cierta angustia la imposibilidad de volver al pasado es más fácil que estén experimentando un sentimiento de melancolía, como dice la RAE, que de sana nostalgia.
En cualquier caso me parece importante señalar que los que, como es mi caso, pertenecemos a la década de los cincuenta del siglo pasado, tenemos un privilegio que los más jóvenes no tienen, igual que no lo teníamos nosotros cuando fuimos jóvenes: podemos comparar. Sí, vivimos la posguerra tardía, más de veinte años de franquismo – la década prodigiosa incluida – vivimos la transición, las primeras elecciones, conocimos el terrorismo, vivimos la explosión de libertad de los años ochenta, el cambio de siglo, el cambio de moneda… en fin, hemos tenido la oportunidad de disfrutar de diferentes modelos sociales lo que nos permite poder comparar y hacerlo con el criterio de quienes lo hemos vivido en directo. Si usted dice que fue feliz en el franquismo de los años 60 o que el modelo educativo que vivió no era tan malo como dicen, es casi seguro que alguien, que no vivió aquellos años, intentará demostrarle que está usted equivocado, que realmente usted no era feliz, que el sistema educativo era una fábrica de ignorantes adictos al régimen y que seguramente lo que le ocurre es que usted, como mínimo, es un facha nostálgico. Este es un tema que merece, seguro, un tratamiento distinto y, por ello, lo aparco para otro momento.
Quiero terminar animándole a disfrutar de sus buenos momentos vividos sean de la época que sea y a recordarlos sin complejos y, si le apetece, idealícelos, claro que sí, y presuma de ellos; escuche la música que le hizo feliz porque seguramente le volverá a hacer feliz, vuelva a leer aquél libro que leyó hace unos años, en circunstancias distintas a las actuales, y descubra que también el libro, diciendo lo mismo, le causa sensaciones y sentimientos nuevos y distintos; repase sus fotos, recuerde su vida, ese es su principal patrimonio, quizá el único que realmente merece la pena. No haga caso a aquéllos que quieren, sin haberla vivido, reescribirle su historia y que, por recordar los momentos felices de su vida, sean los que sean, tienen el atrevimiento de llamarle, despectivamente, nostálgico o nostálgica; no les haga caso, no se lo tenga en cuenta porque, realmente, no saben lo que dicen.