VOTAR para BOTAR

Votar y/o botar, los dos verbos suenan igual, sólo el contexto va determinar, en la mayoría de las ocasiones, a qué nos estamos refiriendo ya que, como es sabido e incluso la RAE acepta, no hay diferencia alguna en su pronunciación.

El verbo votar viene del latín votare que significa hacer votos, hacer ofrendas religiosas, prometer o expresar un deseo; el tiempo fue incorporando o modificando el significado y su curriculum se enriqueció incorporando una buena parte del significado del verbo latino suffragare cuyo significado actual podríamos situarlo en la expresión del derecho a votar, sufragio, mientras que el verbo votar se refiere más concretamente a la materialización real de ese derecho al voto.

El verbo botar tiene su origen en el latino bottare , cuyo significado varía en función del país hispano en que se diga, aunque, para lo que yo quiero traer aquí, me quede con la primera definición que te encuentras en el diccionario de la RAE : arrojar, tirar, echar fuera a alguien o algo.

A partir de aquí y ya que estamos en año doblemente electoral y con la nada desdeñable posibilidad de que sea necesaria una tercera convocatoria, se hace más evidente la necesidad de unir los dos verbos, como yo he hecho en el título de este artículo: si usted quiere botar a algún o algunos políticos, no le queda otro remedio que votar a otros. Votar para botar.

Sin embargo, todos lo sabemos, esto no es en modo alguno sencillo. Para que podamos botar a los que no nos gustan, tiene que haber otros que sí que nos gusten y es ahí , precisamente ahí, donde, para muchos, yo entre ellos, empiezan los problemas.

La decadencia de la clase política como tal es una evidencia generalmente aceptada, por lo tanto nos vemos obligados a elegir, en la mayoría de las ocasiones, entre la más absoluta mediocridad.

Usted, si realmente hay alguien que lee este artículo, podría decirme: no sea usted negativo, hay de todo.

Es verdad, a veces generalizamos y esa generalización es manifiestamente injusta, pero, a pesar de todo, yo creo que la mediocridad gana con una amplia mayoría absoluta y , gracias a eso, se manifiesta con una generosidad arrolladora.

Así son las cosas, o al menos así las percibe el que esto escribe que, como bien saben, es un simple escritor sin lectores ni redes sociales y al que, seguramente, Ortega y Gasset, mi filósofo de cabecera, si leyera lo que escribo, calificaría generosamente como un simple pelafustán.

Dicho esto, yo quiero botar a los que gobiernan pero no se a quien votar para que los sustituyan. Nuevamente me rebelo contra la trampa antidemocrática de las listas cerradas. Me niego a votar una lista, no me parece democrático, incluso en la lista del político con el que me puedo sentir más identificado, aparecen destacados nombres de la política regional con los que no iría ni a tomar un café. Tengo la mala suerte de conocerles y, por ello, me sobran los argumentos para no depositar en ellos o ellas ni un miligramo de confianza.

¿Qué hacer?

Una alternativa era votar a alguna lista en la que no conozca a nadie y, de esa manera, evitar entrar en conflictos morales. Puede ser una solución pero solo a medias; en ese caso votar no conduce al objetivo de botar y, además, el riesgo que asumes es desproporcionadamente alto. No me sirve.

Algunos electores resignados apuestan por votar a la opción menos mala, al mal menor, un mal menor que normalmente suele coincidir con las listas encabezadas por el logo del partido que, supuestamente, mejor representa a su forma de pensar o, si quiere usted, la que mejor representa a eso que también llamamos ideología. Bonita palabra.

Ya saben mi manía de buscar los significados etimológicos y este, como tantos, es realmente bonito e interesante. Esto es lo que me encuetro en la red de redes: «El vocablo “ideología” está compuesto de dos palabras de origen griego: éidos, que significa “idea”, y lógos, que puede interpretarse como “discurso racional”. En este sentido, «ideología» vendría a significar “sistema racionalizador de ideas”.

Para la RAE la ideología es:

«conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.»

Yo, con el atrevimiento que proporcionan los años, interpreto ambas y me atrevo decir que la ideología no deja de ser un conjunto de ideas, mas o menos estructuradas, que definen, o eso creemos, nuestra forma de entender la realidad y fundamentan, cuando no justifican, el deseo de transformarla.

Mientras estas cosas pasan en las cabezas de los ciudadanos de a pie, corrientes, pacíficos, disciplinadamente cumplidores de las normas sociales, no pasa nada, no hay riesgo o, si lo hay, es mínimo y está controlado.

El problema, anónimo lector, surge cuando el ciudadano de a pie, corriente y pacífico, deja de serlo y decide poner su ideología al servicio de la política. Busca un partido político afín con su pensamiento, o crea uno nuevo, y decide luchar por transformar su ideología en una verdad universal. Ahí empiezan los problemas.

Los partidos políticos uniforman algo absolutamente imposible de homologar: nuestra forma de pensar.

Los políticos profesionales pierden su libertad de voto, estén de acuerdo o no con lo que se vota, quedan sometidos a la voluntad del líder que, en la mayoría de las ocasiones subordinará su ideología al ejercicio del poder. La ideología, hoy mas que nunca, es totalmente líquida, como diría el añorado Bauman, está sujeta a las exigencias de los pactos y a las vanidades de quienes los negocian; la ideología sirve al poder y se somete a él sin complejos, con naturalidad, y los políticos de turno encargados de su perversión nos intentan convencer, cínicamente, que lo hacen porque es lo mejor para el país y para todos los que tenemos la fortuna de vivir bajo su liderazgo.

Votar para botar, sí, pero en este circo en el que vivimos cada elección es más difícil, las verdades absolutas conviven con naturalidad con el insulto y la descalificación del adversario político; las ideologías líquidas inundan y arrastran todo lo que encuentran a su paso dejando un panorama desolador.

El gran drama es que este no es un problema local, ojalá lo fuera, es un problema absolutamente globalizado, un problema que amenaza con llevarnos a territorios desconocidos. Si observan lo que esta ocurriendo y puede aún ocurrir en la querida América Latina, veran que no exagero nada, nada, lo que pasa aquí es un juego de niños comparado con aquéllo.

Es posible que dentro de unos meses tengamos que volver a votar para botar y para entonces, si llega ese momento, es importante que tengamos las ideas claras y tomemos las debidas precauciones para no correr el riesgo de naufragar en el tsunami de ideologías líquidas que, con toda seguridad, volverán a inundar nuestra vida.

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