Yo soy exdemócrata… ¿y usted?

Recuerdo que siendo yo muy crío, viví en el colegio una discusión apasionada sobre qué padre, de los que estaban enzarzados en un apasionado debate, era mas importante o había sido o era el mejor en algo. No recuerdo muy bien el contexto, pero sí recuerdo perfectamente que frente a los que decían que sus padres habían sido o eran campeones de algo – que más da de lo que fuera – uno de mis compañeros zanjó la discusión situando a su padre en la zona más alta posible al decir: «¡pues mi padre es excampeón!».

Me encanta recordar esta anécdota porque para aquél compañero de colegio ser «ex» era sinónimo de haber alcanzado lo máximo y no solo eso sino que, además, nadie iba a a ser capaz de superarlo. Quizá ahora, si alguien lee este artículo, empiece a entender el por qué del título que he elegido.

Hoy me apetecía mucho seguir escribiendo de palabras, sí, y la palabra excampeón me parecía una buena llave para abrir una puerta que no sabía muy bien adonde me iba a llevar. La realidad es que, excampeón, pronunciada en el contexto de la historia de mi compañero de colegio, me servía muy bien para abordar, aunque sea superficialmente, el uso inadecuado que, con mucha frecuencia, hacemos del lenguaje.

La siguiente palabra elegida en este caso es, como ha podido adivinar, la palabra democracia. Para ello y aunque me parece tremendamente aburrido, hoy he querido dedicarle una parte de mi tiempo a reflexionar sobre el sistema político, y por ende de convivencia, que disfrutamos en nuestros país y quiero hacerlo, precisamente, desde el significado o significados que se encierran en una palabra tan manipulada como es la palabra democracia.

Quizá no esté de más recordar que, democracia, tiene su origen etimológico en la Grecia clásica, demos= pueblo y krátos=gobierno, es decir, que en su sentido actual, un sistema democrático es aquél que da el auténtico poder decisorio al pueblo soberano, y digo en su sentido actual porque no lo era así en su sentido original. En la época de Pericles, posiblemente el más aclamado padre de la democracia en la Grecia clásica, el sistema político poco o nada tenía que ver con el que conocemos hoy en día, y no estoy diciendo que el de hoy sea mejor ni peor, simplemente creo que no es posible establecer comparaciones que presenten un mínimo de solidez, o yo, un escritor sin lectores de los muchos que circulamos por este mundo de las palabras y las letras, no soy capaz de dársela. Por tanto, de su origen, solo nos queda el sentido etimológico y poco o nada más.

En cualquier caso y como ya indiqué en el artículo sobre la memoria, todas las palabras tienen su curriculum y en ese curriculum podemos encontrar los diferentes usos y significados que, a lo largo de los tiempos, han ido enriqueciendo o empobreciendo la vida de las palabras. Democracia es, sin duda alguna, una palabra que encierra grandes contradicciones, o mejor, el uso inadecuado que se ha hecho y aún se hace de ella, ha originado que sea utilizada para definir sistemas políticos o modos de gobierno como la República democrática del Congo o República popular democrática de Corea y que en nada se parecen a lo que en nuestra sociedad occidental o en buena parte de ella, entendemos por democracia.

Es claro una vez más, que las palabras nacen, crecen en significados y usos y un día, agotadas, inician su viaje hacia el archivo de las palabras olvidadas, un viaje al que le llevan, en ocasiones, las enormes contradicciones que, quienes las usamos, vamos introduciendo en su curriculum.

Hace unos días, no muchos, me encontré, por azar, una definición de democracia atribuida al político israelí Shimón Peres en la que decía:

«la democracia implica una división, una colección de desacuerdos. No es un lugar de gente similar sino de gente diferente. Su principio no es de igualdad sino de igualdad de derechos para que cada quien sea diferente, y no obstante las diferencias y los puntos de vista variados, sea posible vivir juntos y sin violencia. La democracia es la historia de la pluralidad y la tolerancia, no la de la victoria y la imposición. Por ello no hay victorias en la democracia, hay paz y la paz es la verdadera victoria de la vida política de los pueblos».

No sé si la definición, en verdad, es del político citado o no -de la red de redes no puedes fiarte demasiado- pero en cualquier caso me gustó porque, creo yo, recoge con bastante fidelidad lo que es la esencia de lo que entendemos por una sociedad democrática pero… ahora vienen los peros y la pregunta del millón: ¿Cómo se gestiona esto?

Es evidente que no podemos vivir en la división y el desacuerdo perpetuo, aunque estos sean los puntos de partida de eso que llaman democracia y que, como dice bien la definición antes mencionada, es un lugar de gentes diferentes, que piensan diferente pero, añado, que deben buscar mecanismos de negociación para buscar lo que les une y minimizar lo que les separa, debiendo tener siempre como objetivo el bien común, entendido este como el mayor bienestar posible para los ciudadanos de un país. Para lograrlo, y que no pueda hablarse ni de victoria ni de imposición, han de ser capaces de llegar al entendimiento y el acuerdo.

Evidentemente esto es tan deseable como utópico, o de dicho de otra manera : la partitura está bien escrita pero no tenemos músicos para interpretarla.

Aquí y ahora y desde hace ya buen número de años, funciona la partitura del insulto, de la descalificación, una fórmula que se ha contagiado al pueblo soberano, a través de las redes sociales, y que deja en evidencia a unos políticos intelectualmente mediocres, que hacen de la mentira y el insulto su forma de vida y a una sociedad que no termina de madurar y que se deja manipular de una manera asombrosa; una sociedad que entra con facilidad en el juego de los miedos al fascismo o al comunismo con que nos amenazan esos charlatanes vulgares que solo piensan en defender su escaño y en no perder el voto que se juegan en las próximas elecciones… cuando toquen.

Me repugnan los extremismos, cada día más, deben ser cosas de la edad aunque, si he de ser sincero, nunca he sido amigo de los extremos. Yo en mi historia como ciudadano que vota, creo haber sido muy moderado aunque no fiel. No me importa declarar mi admiración por la figura de Adolfo Suarez, personaje que supo hacer su propia transición personal y que tuvo la capacidad de dirigir, con enorme valentía, un país que se desangraba con los atentados diarios de ETA, los ruidos de sables de los cuarteles, y las enormes dificultades económicas. Él supo dar la cara en todo momento, supo sentar a todos los partidos y los comprometió en los pactos de la Moncloa el 25 de octubre de 1977, año en el que el IPC, hay que recordarlo, tocó techo en nuestro país al superar la disparatada cifra del 26 %. Los acuerdos alcanzados fueron claves para sacar a España del pozo sin fondo en el que nos encontrábamos. A estos politiquillos aficionados y mediocres de hoy, que sin haberla vivido tanto critican la transición que él lideró y que todos los partidos apoyaron sin excepción, – símbolos nacionales y monarquía incluida -incluidos los comunistas liderados por Santiago Carrillo, a ellos, repito, me gustaría verlos gestionando situaciones como las que él tuvo que afrontar, con intento de golpe de estado incluido.

Pero volvamos al momento actual y sigamos pensando en la palabra democracia. Aunque los teóricos o los politólogos o las personas influyentes que disponen de tribunas para divulgar sus opiniones, digan y defiendan que el auténtico protagonista de la democracia es el pueblo, yo, anónimo escritor, estoy en absoluto desacuerdo. Los auténticos protagonistas de la democracia son precisamente los políticos y los partidos, y esa es, en mi opinión, la gran enfermedad del sistema y de su progresivo descrédito.

Los 37.000.000 de electores españoles no eligen candidatos, eligen partidos. No me atrevo a decir que votan ideología porque entonces tendríamos que abordar un debate interminable para el que no me siento preparado ni es el objeto de este artículo. Sí en cambio voy a dejar una pregunta abierta: ¿Todos los candidatos de un mismo partido interpretan del mismo modo la ideología que, supuestamente, da sentido a su organización? piénselo y compare los comportamientos, mensajes, formas, que emplean diferentes políticos que, a priori, defienden los mismos principios… pero, posiblemente, distintos finales.

Me tengo que remitir una vez más al filósofo fallecido Zigmunt Bauman para reafirmar que la ideología, hoy, es más líquida que nunca.

Según datos obtenidos en internet de los partidos más relevantes, el Partido Popular cuenta con unos 700.000 afiliados, el PSOE con 600.000 y Unidas Podemos no llega a los 500.000. Estos afiliados, en el mejor de los casos, son los que tienen posibilidades de votar y/o ser votados para presentarse a los diferentes comicios que periódicamente son convocados. La mayoría del censo, que no pertenecemos a partido alguno por decisión propia, claro está, tendremos que optar por votar a una lista cerrada y convenientemente ordenada, que previamente ha sido confeccionada por el comité electoral de cada uno de los partidos que participan en la campaña electoral.

El ciudadano votante elegirá entre las diferentes listas, cada cuatro años, y hasta allí llega su poder y su protagonismo.

Ya sé que esto es complicado pero a mi me encantaría tener la oportunidad de poder votar a «personas» con independencia del lugar que ocupen en la lista o de las siglas del partido que han elegido para presentarse. Me encantaría hacer realidad lo que decía la definición de democracia expuesta más arriba: «la democraciaNo es un lugar de gente similar sino de gente diferente...La democracia es la historia de la pluralidad y la tolerancia, no la de la victoria y la imposición«… pues las listas electorales también me gustaría que fuesen así.

Me encantaría que, los candidatos, se ganasen la confianza del elector por su acreditada capacidad personal, por su voluntad de negociación y de entendimiento, por su capacidad de convertir los desacuerdos en acuerdos, por ser capaces de entender que la diferencia también suma y por hacer buena la teoría de que la democracia es la historia de la pluralidad y no de la imposición. Me gustaría que no existieran vetos de ningún tipo y que todos los candidatos cumplieran escrupulosamente los requisitos legales y los mandatos constitucionales, de forma y manera que aquéllos cuyos programas o posicionamientos personales puedan ser una amenaza cierta para la convivencia y/o para el sistema y las instituciones, queden excluidos por ley de cualquier proceso electoral.

Llegados a este punto yo creo que es imprescindible dar un paso adelante y ofrecer una oportunidad a la utopía. Para ello propongo sustituir la vieja y maltratada palabra Democracia heredada de la Grecia clásica, cambiando el prefijo griego, demos, por el respectus latino que podría traducirse como: «volver a mirar, no quedarse con la primera mirada que hacemos sobre algo y revisarlo, respetar y tener miramiento» .

Si las revoluciones se inician con las pequeñas cosas cotidianas, como casi todos los cambios en la vida, cambiar Democracia por Respetocracia es cambiar una palabra gastada por una nueva que, además, es transparente; sí, se explica a si misma, tanto al leerla como al escucharla, y se explica porque empieza con la palabra respeto, que suena como un aviso, una advertencia, un reto o, quizás, una exigencia.

Hoy nos quedamos con la primera mirada y no profundizamos; estamos en una sociedad acomodada en la superficialidad, y aficionada al juicio rápido y la etiqueta fácil carente de fundamento alguno y, por supuesto, sin el más mínimo respeto. Aspiremos a subir ese escalón en nuestra convivencia y trabajemos por un futuro en el que nuestras posiciones y nuestras diferencias se defiendan a través de la palabra y el diálogo, interpretando siempre la vieja partitura del respeto a las personas, a sus creencias, a las normas sociales que posibilitan la convivencia, a los símbolos de todos, y a nuestras instituciones.

En cada cita electoral podemos ver como la abstención es cada vez mayor ¿por qué? Creo que la respuesta es sencilla: ese pueblo soberano que vota cada cuatro años está harto de que le tomen por tonto, está harto de políticos mediocres, de un sistema cada vez más vacío y desacreditado entre otras razones, creo yo, por la ausencia casi total de algo tan elemental y básico como es el respeto. En la últimas elecciones en el país vecino, Francia, en su primera vuelta, la abstención ha obtenido la mayoría absoluta: un 52 %. ¡Impresionante!

¿De verdad no se preguntan por qué pasa esto? ¿es posible que no se den cuenta de que sus comportamientos, sus actitudes y sus mentiras, sean de derechas o de izquierdas, cada vez interesan a menos gente?

Despidamos con honores a la vieja palabra Democracia, gastada y cansada, démosle un lugar de honor en el archivo de las palabras olvidadas y convirtámonos todos en exdemócratas y respetócratas al mismo tiempo, dando una esperanzadora bienvenida a la palabra Respetocracia.

Por todo esto, y por muchas cosas más que quizá en otra ocasión exponga, yo les invito, desde el respeto, a ser críticos con lo que ven y escuchan a nuestros representantes políticos, sean de izquierdas o de derechas, da lo mismo. Reflexionen, valoren y pregúntense si debemos seguir alimentando su ego, su mediocridad, su capacidad de insultar y sus ambiciones de poder, dejando que sigan conduciendo este tren de alta velocidad en el que todos viajamos, o si, por el contrario, debemos de hacer algo, por pequeño que sea, que pueda contribuir a cambiar la forma de conducir y de conducirnos.

Mi propuesta es sencilla y compleja a la vez: respetar y exigir respeto, solo eso, nada más y nada menos. Lo sencillo es que podemos empezar ya, porque es algo que depende solo de nosotros, de cada uno. Respetar y exigir ser respetados nos pondría en el camino de conseguir una sociedad más educada y más amable. Lo complejo del reto es que estamos muy lejos, lejísimos, del objetivo. Reeducar a una sociedad tan irrespetuosa requiere, sin duda, de un gran esfuerzo y mucho, mucho tiempo. Quizá ya sea tarde.

Antes decía que había que darle una oportunidad a la utopía, pero sé que la utopía, por su propio significado, nunca se cumple y si se cumple es porque no era una utopía. Mi propuesta creo que sí lo es y por eso debemos tener lo que popularmente se llama un plan b, un plan b, el mío, que se resume en la frase con la que termino esta reflexión y que está inspirada en una famosa obra de Adolfo Marsillach: Yo me bajo en las próximas elecciones… ¿y usted?.

LA SOCIEDAD SIN MEMORIA

Hay ocasiones en las que apetece dejar que los dedos vayan pulsando las teclas siguiendo los dictados de los propios impulsos emocionales, sin orden, sin pausa, sin querer interferir demasiado en aquello que va apareciendo en el papel, dejando que las palabras fluyan y se vayan escapando del archivo de la mente para retornar nuevamente a él a través de la vista o de los sonidos mudos que, por la lectura, vamos inevitablemente produciendo. Las palabras forman parte de nuestra riqueza personal y están siempre con nosotros aunque no las veamos. Algunas, con el tiempo y por el poco uso que les damos, se van incorporando al archivo insonoro de las palabras moribundas, otras, nuevas para nosotros, las incorporamos a nuestro catálogo y , poco a poco, van sustituyendo a las que hemos enviado al diccionario del olvido.

Es así , siempre lo fue y, seguramente, así seguirá siendo en el futuro.

Hoy he sentido la necesidad de dejar que esto ocurriera. Este mundo que vivimos, esta sociedad, maravillosamente estúpida, me inspira terriblemente. Yo, lo he dejado muy claro en ensayos anteriores, me siento inmerso en una sociedad inventada en la que no soy capaz de encontrar un sitio donde me sienta cómodo. Hace unos años tuve el atrevimiento de proponer una reflexión sobre la sociedad móvil-izada, una sociedad que baja la cabeza victima de los avances tecnológicos y hoy, unos años después, un medio de comunicación lanza una campaña en la que nos dice: ¡levanta la cabeza! , mira al frente y evitarás tropezar o ser tropezado por otro que, como tú, va con la mirada puesta en «otro sitio». Me alegra, pero tengo dudas de que consiga su objetivo, mejor dicho, no tengo ninguna duda de que no lo conseguirá pero, en cualquier caso, merece la pena intentarlo y le felicito por ello.

Vivimos una sociedad de mentira y de mentiras, de palabras vacías, de palabras inventadas y, muchas de ellas, sin significado conocido; palabras que cuando llegan a nosotros, a través de la vista o el oído, algunos como yo, no sabemos archivarlas, no encontramos el sitio donde guardarlas, porque, en definitiva, son palabras con las que no nos sentimos identificados, porque, como diría mi hermano pequeño, envidiablemente culto y muy leído, son palabras que para nosotros carecen de curriculum.

Vivimos una sociedad en la que los «no lugares» conviven con nosotros, y nos hemos acostumbrado a ellos; una sociedad en la que las mentiras, los bulos, las medias verdades, que siempre han existido en todas las sociedades que en el mundo han sido, encuentran hoy unos vehículos que las difunden a velocidades extraordinarias, supersónicas, como nunca hasta ahora había ocurrido.

Para algunos, muchos, vivimos una era de grandes avances, de progreso imparable, una sociedad del bienestar que nos ofrece un futuro lleno de emociones y de nuevos cambios que se sucederan a velocidad de vértigo en esa meta-vida que nos aguarda llena de sorpresas. Para otros, entre los que me sitúo yo, estamos en la era de la sociedad liquida, como la califica Zigmun Bauman, una sociedad alimentada también por valores líquidos, por ideologías líquidas, nada es consistente ni sólido, ahora mas que nunca y como definió Heráclito hace mas de 2500 años, aunque en contextos radicalmente distintos : solo el cambio permanece.

Vivimos una sociedad y un tiempo sin memoria; nuestra memoria hoy ya no es nuestra, ahora es RAM, o como se diga, y está en cualquiera o en todos nuestros aparatos electrónicos: móviles, pantallas, portátiles, relojes de pulsera…etc. Es una nueva era, una era en la que el progreso tecnológico lleva al ser humano a un nuevo estadio, un nueva realidad paralela, un mundo perfecto habitado por seres cada vez mas aislados en sus burbujas tecnológicas, burbujas que a la vez que les conectan con su mundo virtual les desconectan de su mundo real.

Hoy, como digo al principio, me propuse que las palabras fluyeran, salieran solas, espontáneas, mostrando su desnudez cautivadora y tratando de descubrir ese guiño de complicidad que me invitara a quedarme con alguna de ellas. Así ha sido y así me he quedado enganchado a la palabra «memoria» , una palabra que, al escribirla en el párrafo anterior, he sentido que me miraba con la tristeza de quien se reconoce maltratada. Me quedo contigo, sí. Memoria es una palabra muy de moda, una palabra a la que de repente se recurre para recordarnos lo importante que es tenerla presente para que no olvidemos nuestro pasado y a renglón seguido es señalada como una de las grandes culpables de la mediocridad intelectual que nos asola, llegando a renegar de ella en los propios planes de estudio. Pero, ¿Por qué? ¿qué les ha hecho a ustedes la memoria? Llego a pensar que la realidad es que no saben ni lo que es ni para que sirve.

Yo, aunque no sabría definirla científicamente, califico la memoria como el instrumento que permite al ser humano llevar a cabo el acto de recordar. Recordar me parece, también, una palabra preciosa. Recordar tiene su origen en la expresión latina recordis, cuyo significado es: volver a pasar por el corazón. Hoy la memoria ya no pasa por el corazón, no, ahora la buscamos en la nube, la nube del progreso, esa nube virtual que, como buena nube y nos guste o no, va ensombreciendo nuestra hoy pobre y desprestigiada memoria humana.

Hoy nos cansamos de escuchar que hay que huir del aprendizaje basado en la memoria, que la comprensión y el entendimiento es lo que hay que ejercitar. Y yo me pregunto si es que la memoria es incompatible con el entendimiento y la comprensión. De alguna manera, digo yo, tendremos que recordar aquellas cosas que hemos conseguido entender. Para mí es una estupidez más, de las muchas que cada día nos asaltan con absoluta impunidad.

No puedo imaginar una vida sin memoria, me resulta imposible. Decía Ortega que el ser humano no tiene naturaleza que lo que tiene es historia. Es verdad, una gran verdad. La historia de la humanidad que heredamos todos al nacer y la que vamos construyendo con nuestra propia vida, y que yo imagino recogida en una gran «memorioteca» .

Es curioso como en estos momentos de memoria frágil, desprestigiada y de rápida obsolescencia, nuestros líderes políticos se enzarzan en disputas absurdas y partidistas en aras de defender o no la tan traída y llevada memoria histórica.

Una vez mas creo que o se equivocan en el título o les falta un apellido que permita identificar de forma inequívoca a que memoria se refieren. No voy a profundizar mucho en este tema porque no quiero perder el tiempo en analizar conceptos que están claramente contaminados por ideologías partidistas, con horizontes de tiempo muy limitados y que nos muestran claramente el alto desconocimiento, o ignorancia voluntaria e interesada, que de la historia real tienen quienes tan ardorosamente la defienden.

La Historia con mayúscula está llena de historias con minúscula, la tuya, la mía, la de mi vecino o vecina, la de nuestros antepasados y los antepasados de nuestros antepasados, y así ilimitadamente, todos han, hemos, contribuido a escribir la Historia de todos. En ella hay cosas buenas y muy buenas y también malas y muy malas, claro, es la vida, nuestra verdad, la de todos, una verdad que , como dijo Serrat: «nunca es triste, lo que no tiene es remedio». Quizá se equivocaba Serrat y a veces, muchas veces, la verdad sí que es triste, pero no por ello es menos nuestra y, por eso, la tenemos que aceptar. No es menos cierto, en cualquier caso, que la historia, como la verdad, son cuestión de perspectiva. Decía Hegel que la verdad está en el todo, pero la realidad es que el todo es inabarcable para el ser humano y por eso, insisto, la verdad es una perspectiva o, peor aún, un constructo que tiene mas poder de convicción cuanto más poder social tiene quien la emite.

Pero dejemos a los desmemoriados y volvamos a lo nuestro, o mejor, volvamos a lo mío y vamos a darnos un paseo por la memorioteca. Yo la imagino como un pasillo largo con puertas en las que un cartel indicador nos avisa del tiempo, del momento de nuestra vida, que se guarda tras ella. Tú imagínala como mejor te parezca, pero imagínala.

En la memorioteca está toda tu vida y las vidas de todos aquellos que, de una u otra forma, fueron compartiendo contigo, desde el mismo momento de tu nacimiento, algo tan genérico como es la vida, tu vida, tu historia personal.

Ahí están, en la memorioteca de tu niñez, tus primeros recuerdos, tus primeros amigos, tu primer colegio, tu primer profesor o profesora, tu compañero de pupitre, tus recreos y sus juegos, pero también, también, tus primeros olores, tus primeros sabores, tus primeros sentimientos, de alegría o tristeza, de placer o dolor, todo está ahí, todo. En ese todo, ocupa un lugar privilegiado tu familia, tu madre, tu padre, tus hermanos y hermanas, si los tuviste, tus vecinos, sus hijos que fueron también tus compañeros de juego, el dependiente de la tienda de la esquina, porque siempre hay una tienda en la esquina, el… no sé, tantos y tantos personajes que resulta difícil citarlos sin olvidar alguno. Todos, todos, han contribuido de una u otra forma a hacer de nosotros lo que hoy somos, ellos, todos, formaban y forman parte de nuestra circunstancia.

Si te introduces por el largo pasillo de la memorioteca y abres una de sus puertas, no la cierres, da un paso al frente, redescubre lo que fuiste y te hizo ser lo que eres ahora; bucea en tu historia y trata de encontrar tu verdad, esa verdad que a veces, muchas, cambiamos por lo que nos hubiera gustado que fuera y nos hace recordar como vivídos sucesos que no ocurrieron o que, en el mejor de los casos, ocurrieron de manera diferente a como los recordamos. Esto mismo nos pasa muchas veces con las películas de cine que forman parte de nuestra vida y que cuando las visionamos repetidas veces siempre descubrimos pasajes que no recordábamos o que lo hacíamos de diferente manera, bien cambiando los diálogos, bien cambiando los escenarios. No somos perfectos, afortunadamente, y eso hace que tampoco seamos infalibles incluso en el recuerdo de nuestra propia historia.

Ya decía García Márquez que la vida no es como fue sino como la recordamos. Gran verdad.

En cualquier caso, el paseo por la memorioteca personal es fascinante: tu infancia, tu adolescencia, tu juventud, tus sentimientos encontrados, tus contradicciones… allí, puerta a puerta, se guardan los cimientos sobre los que tú te has ido construyendo hasta llegar a ser el o la que eres hoy, pero si estamos en esta vida, aquí y ahora, no debemos olvidar que todavía estamos en el camino para llegar a ser el que todavía no somos. La vida, ya se sabe, no solo es un hacer, sino un hacernos. En esa tarea es fundamental, creo yo, utilizar bien la memoria.

Cuando uno decide dejarse transportar por los recuerdos, sean del tipo y la época que sean, podemos acudir a la memoria a la carta: memoria histórica – la nuestra – , la que guarda los hechos, memoria selectiva, la que separa los recuerdos buenos de los malos, memoria de lo que pudo ser y no fue – esta me la invento yo y luego lo explico – , memoria olfativa – los olores nos transportan, en muchas ocasiones, a episodios muy concretos de nuestra vida – , memoria afectiva – donde guardamos los sentimientos que tuvimos o creímos tener – , es decir, podemos fragmentar la memoria y clasificarla y ordenarla como mejor nos parezca, siempre con el objetivo fundamental de disfrutarla. Por eso he dejado aparte una de las memorias que menos me gustan pero que es la que se suele utilizar con mas frecuencia: la memoria de los trapos viejos y/o sucios.

Esta última es la memoria donde guardamos las cosas que nos han hecho daño o que simplemente no nos gustaron y que siempre han sido protagonizadas por alguien de nuestro entorno cercano. Es ese lugar donde se recogen los «esta me la guardo» que vamos acumulando a lo largo de nuestra vida. Es una memoria pesada, muy pesada, y con la que se hace muy difícil vivir y convivir. Para lograrlo yo invito a crear una nueva memoria: la de las cosas olvidadas.

Hay demasiadas cosas en la vida que solo se superan cuando somos capaces de archivarlas de manera consciente o inconsciente en la memoria del olvido. Ya sé que el nombre es una contradicción, memoria y olvido, pero a mi me gusta y, además es también un reflejo del propio ser humano, de todos, aunque las contradicciones , casi siempre, solo sepamos detectarlas en los demás. Yo, sin embargo, estoy convencido de que el crecimiento personal va muy unido a la superación de nuestras contradicciones pero, para ello, tenemos que ser consciente de que están ahí y que, casi siempre, cuando superas una, te aparece otra. Así somos.

Cuando no actuamos así, cuando la memoria de los trapos viejos y/o sucios está ya al límite, fundamentalmente por nuestra propia incapacidad para gestionar nuestros propios recuerdos y los sentimientos que les acompañan, solemos buscar con ansiedad desmedida la forma de vaciarla; es el momento del «hasta aquí hemos llegado». Ese «hasta aquí», suele ser fatal, sí, todo lo que allí guardamos tiene el olor de lo viejo, hechos que ayer pudieron tener sentido en un contexto determinado pero que hoy son como historias acabadas, sacadas de un viejo guión escrito con faltas de ortografía que dificultan enormemente su lectura y que, con harta frecuencia, causan un daño irreparable.

Para hacer más fácil el deshacernos de esa memoria negativa, yo creo que es saludable pensar en cuantos «eso me lo guardo» he provocado yo en los demás. No son solo los otros los que hacen cosas que me causan malestar o daño, no, todos lo hacemos y por eso, para ser felices y vivir con menos peso el ser humano debería recurrir, usando un símil tecnológico, a «clickear» con frecuencia en el icono imaginario de vaciar memoria de trapos viejos y/o sucios.

Se que unos párrafos mas arriba he citado a la memoria de lo que pudo haber sido y no fue. A veces suceden cosas que cambian repentinamente el rumbo de nuestras vidas. Unas veces las provocamos nosotros y otras nos sorprenden, suceden sin esperarlas y aunque no seamos capaces de entenderlas cambian nuestras vidas.

Una conversación, un encuentro no esperado, una discusión, una frase inoportuna, un hecho que ocurrió o que no ocurrió, una ausencia… sí, son esas circunstancias no previstas que, sin saber muy bien como, de repente, nos cambian el guión y el escenario de nuestras vidas.

Me voy a quedar aquí. No tengo ganas de seguir o quizá las palabras ya se han cansado de fluir y no acuden a mi encuentro. La puerta de la memoria de lo que pudo haber sido y no fue se queda abierta, de par en par, abierta pero vacía. Mientras estemos aquí y ahora, tenemos la responsabilidad de intentar conseguir que lo que pueda ser, y además deba ser, simplemente sea y ocupe el lugar que le corresponde en nuestra memoria histórica y dejar que la memoria de lo que pudo ser y no fue se quede vacía o recoja solo alguna parte, mínima, de nuestros sueños incumplidos.

Utilizar la memoria nos ayuda a pensar, a escribir, a sentir y sobre todo a recordar pero … no lo olvides, pasando por el corazón y no por la nube. Hay demasiadas nubes negras que, en ocasiones, nos engañan con su luz y convierten nuestros recuerdos en tormentas perfectas. Evitémoslas.

¿QUÉ ES LA CULTURA?

Vivimos un tiempo de pandemia en el que se ha incrementado de manera, en mi opinión inadecuada y partidista, el uso de la palabra  cultura. ¡Hay que salvar la cultura! ¡La cultura es necesaria como terapia! ¡La cultura es segura! Seguro que han oído estas expresiones, u otras parecidas,  en numerosas ocasiones en los últimos meses pero ¿a qué cultura se refieren? En la mayoría de las ocasiones a la industria del cine, del teatro y de la música.

Es verdad, sin duda alguna, que la ausencia de conciertos y las limitaciones de aforo en cines y teatros, ponen en serio riesgo de supervivencia a quienes trabajan y viven del sector.

Salvemos el teatro en directo, salvemos las salas de cine y salvemos los conciertos en directo, porque hay muchas familias que tienen en ellos su medio de vida. Eso es lo que hay que salvar, como ocurre, por ejemplo, con toda la cultura gastronómica representada por bares y restaurantes y que son, de lejos, el colectivo más castigado durante estos meses. Hablemos claro pues y no confundamos los términos; la música, el teatro y el cine forman parte de la cultura de una sociedad, la nuestra, pero  en modo alguno pueden monopolizar la palabra cultura.

En estos meses de reclusión, seguramente, se ha leído más, se ha visto más cine y más teatro y se ha escuchado más música que nunca pero, eso sí, desde la “comodidad” del sofá de nuestras casas.

No están en riesgo los libros, ni la música, ni el cine… sí lo está, si acaso, su forma de disfrutarlo, pero esto, aunque agravado por la pandemia, no es nuevo, viene de atrás, viene de la irrupción de plataformas on line que han cambiado, de forma irremediable e irreversible, nuestros hábitos de consumo: Amazon, You Tube, Spotify, Movistar, Netflix, HBO…etc.

La música, el teatro y el cine forman parte inequívoca de la cultura sí, claro que sí, una parte muy visible e importante, pero solo una parte de lo que es la Cultura con mayúscula. Por esta razón sería muy saludable que cuando se habla, se entrevista o se participa en programas de radio o televisión se parcele el término cultura y se aplique al sector que en cada momento le corresponda.

Consulten el diccionario de la Real Academia y verán como se aclaran las ideas:

 1. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. 

2. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.

¿Les queda claro? Pues esto es lo que dice la R.A.E

Si nos fijamos en el primer punto,  referido  a lo que entendemos por cultura a nivel individual, y lo aplicamos a algunos entrevistados en cadenas de TV o medios de comunicación y que son presentados como representantes de la “cultura”, puede entenderse mi indignación por el monopolio que hacen de esta palabra; algunos de los entrevistados, actores, cómicos o músicos en la mayoría de las ocasiones,   no dan la sensación de ser personas especialmente cultivadas, no son, precisamente, personas  a las que produzca un placer especial escucharles por su capacidad de argumentación y la riqueza de sus juicios críticos. Es decir, que en no pocas ocasiones uno siente vergüenza ajena al escucharles.

Esos entrevistados que acuden a los programas de TV y que podemos ver casi a diario, acuden, como el famoso caso de Francisco Umbral, a vender su «libro», eso es lo que realmente les preocupa y eso es lo que debían promover con la mayor naturalidad, claro que sí, en lugar de dejar que les presenten, valga la caricatura, como divulgadores de las esencias culturales patrias. Seamos serios.

Definir qué es o que significa la cultura es, sin duda, complejo, pero más allá de la definición formal de la RAE, hay algunas definiciones en la red a las que no estaría de más que, de vez en cuando, les echaran un vistazo quienes tanto hablan de ella:

1.- “Cultura se refiere al conjunto de bienes materiales y espirituales de un grupo social transmitido de generación en generación a fin de orientar las prácticas individuales y colectivas. Incluye lengua, procesos, modos de vida, costumbres, tradiciones, hábitos, valores, patrones, herramientas y conocimiento”.

3.-Para la Unesco, “la cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias y que la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden”.

Podríamos poner muchas más, pero para el objetivo que buscaba en este artículo me parece suficiente. A la Cultura no hay que salvarla, se salva sola, muta, se transforma, se adapta, pero permanece, porque la cultura emana de la sociedad y mientras ésta exista habrá una Cultura inherente a ella. Voy a terminar con una interpretación propia del término cultura, una interpretación que tiene sus raíces en el pensamiento del maestro Ortega y Gasset y que dice así:

“Cultura es la suma armónica, integradora, del pensar, del hacer y del sentir de una comunidad o de una sociedad determinada, en un tiempo determinado”... pero no olvidemos que como nos dejo dicho F. Nietzsche, la mejor manifestación de nuestra cultura es la sencillez y la naturalidad.

LA ESPAÑA CIEGA DE CECILIA O EL CAMINO A NINGUNA PARTE.

Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra… las notas de la canción de Cecilia llegaban por primera vez a nuestras vidas allá por la primavera de 1975. La censura, previamente,  había decidido introducir modificaciones en la letra de la canción que, originalmente, recogía expresiones que los censores pudieron calificar de poco apropiadas y potencialmente peligrosas: … esta España viva… esta España vieja… esta España nueva… esta España muerta… esta España en duda… esta España ciega.”

De esa  España mía, la de Cecilia, han pasado ya 44 años y,  si me lo permiten, han pasado también muchas Españas.

Hoy, Cecilia,  tenemos 19 Españas oficiales – 17 comunidades autónomas, más Ceuta y Melilla – o al menos 19 formas diferentes de vivirla, de entenderla y de conocerla, si por conocerla entendemos conocer su historia, la nuestra, una historia que, en muchas ocasiones, demasiadas,  nos cuesta reconocer porque, en esta España nuestra, hemos apostado por una interpretación libre de la historia; se puede cambiar, adaptar  o incluso inventar sin rubor alguno y, todo,  con el consentimiento activo o pasivo de todos, y muy especialmente de aquéllos a quienes, a lo largo de estos 44 años, otorgamos la confianza de gobernar este país, un país  que todavía  se sigue llamando España y en el que el concepto patria se ha particularizado.

Recuerdo que en el año 1999, en la película Paris-Tombuctu, se nos anticipaba algo de lo que hoy vivimos. En ella el letrero del cuartelillo de la Guardia Civil del pueblo donde se localizaba la acción decía, con humor Berlanguiano: “Todo por las Patrias”.

Quizá el término patria o patriotismo o patriótico, forme parte de la historia casposa de una España vieja, de esa España vieja de tu canción,  Cecilia. Hoy la palabra Patria y España, y/o los símbolos que las representan en el orden internacional, su bandera y su himno que, por cierto, datan del siglo XVIII y, por tanto, no son en modo alguno un producto del antiguo régimen, son, sin embargo, objeto de rechazo por una parte de los ciudadanos y, sobre todo, tienden a identificarse, lamentablemente, con determinados posicionamientos políticos.

Resulta curioso y aleccionador que durante la primera  República (1873-74) de la que no sabemos demasiado, se respetó el himno, que gozó de cooficialidad, y por supuesto se mantuvo la bandera rojigualda como símbolo de la nación, modificando tan solo el escudo que, como sabemos, era el escudo de la monarquía. El himno solo perdió su condición de oficial durante el llamado Trienio Liberal (1820-1823) y durante la segunda República (1931-1939) que no pareciéndole suficiente cambiar el himno también sustituyó, como es bien sabido, la bandera rojigualda por la tricolor. La bandera rojigualda data de 1785 aunque su oficialidad fue proclamada por la reina Isabel II en 1843.

Pero volvamos contigo,  Cecilia. Tú, en tu canción,  incluías también tres preguntas dirigidas a tu querida España:

¿Dónde están tus ojos?, ¿dónde están tus manos?, ¿dónde tu cabeza?

No lo sé Cecilia, pero quiero pensar que si la España de hoy pudiera contestarte te diría que tiene los ojos abiertos, muy abiertos, perplejos, sorprendidos, espantados del espectáculo que la pantalla de la televisión y la prensa le ofrece a diario sobre los acontecimientos que se están sucediendo en un pedazo de su territorio histórico, aquél que en sus orígenes, antes incluso de incorporarse a la Corona de Aragón, cuando solo existían los territorios asimilables a la Barcelona y Gerona de hoy, era conocido como la Marca Hispánica; a ese territorio,  que luego, mucho después,  paso a denominarse Cataluña,  hoy, los que dicen quererlo más que nadie, lo están llevando, si alguien no lo remedia, al desastre social y económico. Es el ejemplo práctico de lo que tú, Cecilia,  dices en tu canción: esta España ciega, pueblo de palabras y de piel amarga.

Las manos y la cabeza, admirada Cecilia,  estarían juntas, porque el único lugar al que se pueden  llevar las manos es a la cabeza, una cabeza que como depositaria de la vista, el oído y la palabra,  ya no sabría dónde mirar, ya estaría cansada de escuchar necedades, sin distinción de su procedencia,  ya no sabría qué decir, porque cuando la barbarie se desata, por un lado,  y el hombre masa orteguiano, tan presente hoy en nuestra clase política, pasa a la acción, posiblemente lo más acertado, lo único posible, sea guardar  silencio.

Las escenas  que hemos vivido con la crisis, social y política, de ese trozo de España nos muestran claramente a la España ciega. Hay muchos tipos de ceguera y el fanatismo político, venga de donde venga, es uno de ellos; la idea supremacista que alimenta los nacionalismos aún lo hace más ciego  y peligroso, y si el nacionalismo es particularista, como lo definió Ortega en su debate sobre el Estatuto catalán en 1931, el problema alcanza una dimensión de especial gravedad. La historia está, no obstante, llena de ejemplos que la España ciega se niega a ver, porque no quiere mirarse en la historia y aprender de lo vivido.

Esta España ciega, Cecilia, no es solo la España violenta que nos muestran las noticias, es también las de los políticos incapaces de ver más allá de sus propias Españas y se empeñan en andar el camino que nos lleva, a todos,  a ninguna parte; la clase política de esa España ciega tapa sus ojos con las vendas negras de tu canción, para imaginar un paraíso que no existe mientras inician un vuelo con tus  alas quietas que,  guiadas por el olvido y la ficción,  les lleva irremediablemente al abismo de la historia ya vivida, una historia en la que no encontrarán, porque no las buscan,  la respuesta  a tus preguntas: ¿Quién pasó tu hambre? ¿Quién bebió tu sangre cuando estabas seca?

Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra.

¡Quo Vadis España!

 

 

HIJOS DE LOS CINCUENTA

Los cincuenta, dicen,  fueron años oscuros, tristes, años que escribieron su historia en una España en blanco y negro, años de posguerra tardía, años en los que, utilizando títulos de película, dábamos la bienvenida a Mr. Marshall, cantando bajo la lluvia y solos ante el peligro.

Dicen que España era un país gris, sin alma; un país que caminaba,  sin moverse, desde el desastre hacia la nada. En ese país y en esa década nací yo y como yo 6.054.509 españoles más. Todos eramos, como dice el título, hijos de los cincuenta.

Mi familia vivía en un piso de alquiler, pequeño, modesto, con todos los lujos propios de la época, a saber: cocina de carbón para cocinar y  calentar la casa en invierno, cuarto de aseo donde todo el mobiliario era un váter, cuarto de estar multidisciplinar,  y tres dormitorios: el de mis padres, el de mi hermana y el de los demás. Con el tiempo llegó también una nevera de hielo. Todo un adelanto.

La no existencia de lujos permitía disfrutar al máximo de las estancias y del mobiliario que, en multitud de ocasiones y en especial las sillas,  cambiaba su función natural por la de improvisados e imaginativos elementos de juego, amén de los extraordinarios partidos de fútbol que se celebraban en el pasillo donde, lógica y afortunadamente, había poco que romper.

En la casa donde vivíamos había muchos hijos de los cincuenta y, los pisos, todos más o menos del mismo tamaño, se veían ampliados de forma natural al mantener durante muchas horas al día sus puertas abiertas, incorporando así  el espacio de la escalera como una zona adicional y ocasional de juegos.

Eran años de radio, de mucha radio, de Matilde, Perico y Periquín, de Felicidades con música, de Cabalgata fin de semana, de Mañana es fiesta, de Pinzón en Navidad, de… sí, sí, eran años de radio, la televisión aún no había llegado, vivíamos sin tele, sin móvil, sin wiffi, sin internet…. ¿Era posible vivir así?

Comprendo que visto desde el 2019 esto parezca un tiempo inventado, pero no, es un tiempo real  y, además, muy cercano. Un tiempo en el que los minutos duraban sesenta segundos y las horas sesenta minutos; los días tenían veinticuatro horas y los años duraban, salvo los bisiestos, trescientos sesenta y cinco días… Y los veranos ¡Que largos eran los veranos!

Hoy todo es diferente, vivimos en un tren de alta velocidad que nos lleva del presente al futuro en apenas unos cuantos clics; el tiempo y el espacio se miden de forma distinta, no sé si mejor, pero sí distinta.

Los hijos de los cincuenta, teníamos, sobre todo, tiempo, sí, es curioso, pero es la mejor manera que se me ocurre de describirlo. Teníamos tiempo para jugar, para leer tebeos de Hazañas Bélicas, Pulgarcito, TBO, El Capitán Trueno, El Jabato, Roberto Alcazar y Pedrin… todos ellos eran nuestras series de dibujos animados pero con una diferencia importante: la animación la teníamos que imaginar nosotros y, además, los teníamos que leer.

Los hijos de los cincuenta, al menos los que vivían en mi barrio, teníamos también la calle. Sí, la calle era nuestro espacio de vida. Cuando llegaba el buen tiempo, todos los chicos de la casa y casas vecinas, nos juntábamos en la calle. La calle era nuestro campo de fútbol, el escenario ideal para jugar a ministros contra ladrones, al taco, a las chapas, a churro va… o a cualquier otro que, fruto de la imaginación o de la improvisación, se nos pudiera ocurrir.

Yo nunca sentí, en mi infancia, que España fuera un país triste, ni gris, ni tampoco pobre, porque el concepto de rico y pobre no los tenía muy claros. Pero sí puedo decir que la infancia de los hijos de los cincuenta que yo conocí, mayoritariamente, fue una infancia feliz, una infancia austera y al mismo tiempo divertida, una infancia de pocos recursos pero de mucha imaginación, una infancia sencilla pero llena de ilusiones, una infancia sin tele pero con muchos amigos y, lo que es mejor, mucho tiempo para jugar con ellos.

Seguramente seguiré escribiendo sobre esos años políticamente oscuros pero intensamente  vivos, que fueron la antesala de una década que alguien calificó de prodigiosa y que, para muchos de nosotros, sin duda lo fue.

A mí, hijo de los cincuenta, me gustaría reivindicar aquellos años en los que la vida  se vivía, había que vivirla, de otra manera, más sacrificada, sin duda…pero más auténtica.

Escribir sobre ello va a merecer la pena… estoy seguro.

EL ORIGEN DE LAS RELIGIONES

 

Si la filosofía es  una pregunta permanente, una búsqueda incesante de respuestas, la religión es una realidad, casi paralela, que recorre la historia de la humanidad prácticamente desde que existen indicios de su existencia. El origen del cosmos, la creación, la aparición del ser humano, son preguntas sin respuestas definitivas, pero que intentan encontrar su sentido en los diferentes sistemas religiosos.

La pregunta o preguntas son claras: ¿Por qué el ser humano necesita la religión?, ¿cuál es su origen, su raíz?,  ¿por qué un ser que se supone racional recurre a sistemas irracionales?, ¿por qué, en nombre de dios o de los dioses, cualesquiera que sean, la humanidad ha cometido  y sigue cometiendo las mayores atrocidades?  Sigue leyendo «EL ORIGEN DE LAS RELIGIONES»

LA SOCIEDAD MÓVIL-IZADA

El pasado doce de diciembre presenté mi ensayo “Reflexiones sobre la sociedad móvil-izada”, un trabajo en el que, básicamente, invito a la reflexión individual y aún colectiva, sobre una realidad con la que  convivimos a diario: los teléfonos móviles y todos los aditamentos tecnológicos que son inherentes a su uso.

Es tal la rapidez con la que el mundo tecnológico se mueve que las noticias que genera pierden actualidad con una velocidad pasmosa, en cualquier caso y a modo de presentación  de mi blog, quiero traer algunas noticias que me parecen significativas y que, de alguna manera, vienen a reforzar mi propuesta de stop-acción, es decir: parémonos, pensemos siquiera un poco y pasemos a la acción.

En fechas recientes falleció Stephen Hawking, sin duda una de las personalidades científicas más grandes del siglo XX y de lo que llevamos vivido de este nuestro siglo XXI. Entre las muchas cosas que es estos días hemos podido leer de y sobre él, me quedo con unas declaraciones hechas a la BBC en el año 2014. Sigue leyendo «LA SOCIEDAD MÓVIL-IZADA»

EL AMOR ES FÍSICA Y QUÍMICA

“La vida son reacciones químicas sometidas a leyes físicas.  La vida es explicable, casi en su totalidad, en términos de Física y Química. El amor es la fundición de física y química.”

Estas son frases atribuidas al científico y premio Nobel D. Severo Ochoa y, por lo tanto, es posible que fueran dichas desde una perspectiva eminentemente científica.

En cualquier caso es objeto de este breve ensayo tratar de las implicaciones filosóficas que pueden derivarse de ella y lo iniciaré con una colección de preguntas que me parecen necesarias para intentar entrar en el significado de la palabra amor: ¿Qué es el amor? ¿Existe? ¿Alguien lo ha visto?  ¿Es el amor una ciencia? ¿Puede determinarse si alguien está enamorado mediante métodos científicos? ¿Tiene grados? ¿Es eterno e inmutable o está sujeto al devenir? ¿Es un sentimiento o una actitud? ¿Es igual para todos? ¿Es verdad el amor? ¿Por qué se acaba el amor?

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SUEÑO+VIGILIA= VIDA

Era un lugar extraño, con ese orden desordenado en el que ni tú mismo sabes muy bien el lugar que ocupas en la escena. Había gente, algunos eran conocidos, incluso diría que eran parte de mi familia. De pronto me levanté, corrí  y me lancé a una piscina que apareció, sí, apareció sin saber cómo, era como si saliese de un mundo mágico. Al entrar en el agua empecé a caer, mas y más, rápidamente;  la piscina no tenía fondo y el aire faltaba a mis pulmones, sentí que me ahogaba…..

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