Hay ocasiones en las que apetece dejar que los dedos vayan pulsando las teclas siguiendo los dictados de los propios impulsos emocionales, sin orden, sin pausa, sin querer interferir demasiado en aquello que va apareciendo en el papel, dejando que las palabras fluyan y se vayan escapando del archivo de la mente para retornar nuevamente a él a través de la vista o de los sonidos mudos que, por la lectura, vamos inevitablemente produciendo. Las palabras forman parte de nuestra riqueza personal y están siempre con nosotros aunque no las veamos. Algunas, con el tiempo y por el poco uso que les damos, se van incorporando al archivo insonoro de las palabras moribundas, otras, nuevas para nosotros, las incorporamos a nuestro catálogo y , poco a poco, van sustituyendo a las que hemos enviado al diccionario del olvido.
Es así , siempre lo fue y, seguramente, así seguirá siendo en el futuro.
Hoy he sentido la necesidad de dejar que esto ocurriera. Este mundo que vivimos, esta sociedad, maravillosamente estúpida, me inspira terriblemente. Yo, lo he dejado muy claro en ensayos anteriores, me siento inmerso en una sociedad inventada en la que no soy capaz de encontrar un sitio donde me sienta cómodo. Hace unos años tuve el atrevimiento de proponer una reflexión sobre la sociedad móvil-izada, una sociedad que baja la cabeza victima de los avances tecnológicos y hoy, unos años después, un medio de comunicación lanza una campaña en la que nos dice: ¡levanta la cabeza! , mira al frente y evitarás tropezar o ser tropezado por otro que, como tú, va con la mirada puesta en «otro sitio». Me alegra, pero tengo dudas de que consiga su objetivo, mejor dicho, no tengo ninguna duda de que no lo conseguirá pero, en cualquier caso, merece la pena intentarlo y le felicito por ello.
Vivimos una sociedad de mentira y de mentiras, de palabras vacías, de palabras inventadas y, muchas de ellas, sin significado conocido; palabras que cuando llegan a nosotros, a través de la vista o el oído, algunos como yo, no sabemos archivarlas, no encontramos el sitio donde guardarlas, porque, en definitiva, son palabras con las que no nos sentimos identificados, porque, como diría mi hermano pequeño, envidiablemente culto y muy leído, son palabras que para nosotros carecen de curriculum.
Vivimos una sociedad en la que los «no lugares» conviven con nosotros, y nos hemos acostumbrado a ellos; una sociedad en la que las mentiras, los bulos, las medias verdades, que siempre han existido en todas las sociedades que en el mundo han sido, encuentran hoy unos vehículos que las difunden a velocidades extraordinarias, supersónicas, como nunca hasta ahora había ocurrido.
Para algunos, muchos, vivimos una era de grandes avances, de progreso imparable, una sociedad del bienestar que nos ofrece un futuro lleno de emociones y de nuevos cambios que se sucederan a velocidad de vértigo en esa meta-vida que nos aguarda llena de sorpresas. Para otros, entre los que me sitúo yo, estamos en la era de la sociedad liquida, como la califica Zigmun Bauman, una sociedad alimentada también por valores líquidos, por ideologías líquidas, nada es consistente ni sólido, ahora mas que nunca y como definió Heráclito hace mas de 2500 años, aunque en contextos radicalmente distintos : solo el cambio permanece.
Vivimos una sociedad y un tiempo sin memoria; nuestra memoria hoy ya no es nuestra, ahora es RAM, o como se diga, y está en cualquiera o en todos nuestros aparatos electrónicos: móviles, pantallas, portátiles, relojes de pulsera…etc. Es una nueva era, una era en la que el progreso tecnológico lleva al ser humano a un nuevo estadio, un nueva realidad paralela, un mundo perfecto habitado por seres cada vez mas aislados en sus burbujas tecnológicas, burbujas que a la vez que les conectan con su mundo virtual les desconectan de su mundo real.
Hoy, como digo al principio, me propuse que las palabras fluyeran, salieran solas, espontáneas, mostrando su desnudez cautivadora y tratando de descubrir ese guiño de complicidad que me invitara a quedarme con alguna de ellas. Así ha sido y así me he quedado enganchado a la palabra «memoria» , una palabra que, al escribirla en el párrafo anterior, he sentido que me miraba con la tristeza de quien se reconoce maltratada. Me quedo contigo, sí. Memoria es una palabra muy de moda, una palabra a la que de repente se recurre para recordarnos lo importante que es tenerla presente para que no olvidemos nuestro pasado y a renglón seguido es señalada como una de las grandes culpables de la mediocridad intelectual que nos asola, llegando a renegar de ella en los propios planes de estudio. Pero, ¿Por qué? ¿qué les ha hecho a ustedes la memoria? Llego a pensar que la realidad es que no saben ni lo que es ni para que sirve.
Yo, aunque no sabría definirla científicamente, califico la memoria como el instrumento que permite al ser humano llevar a cabo el acto de recordar. Recordar me parece, también, una palabra preciosa. Recordar tiene su origen en la expresión latina recordis, cuyo significado es: volver a pasar por el corazón. Hoy la memoria ya no pasa por el corazón, no, ahora la buscamos en la nube, la nube del progreso, esa nube virtual que, como buena nube y nos guste o no, va ensombreciendo nuestra hoy pobre y desprestigiada memoria humana.
Hoy nos cansamos de escuchar que hay que huir del aprendizaje basado en la memoria, que la comprensión y el entendimiento es lo que hay que ejercitar. Y yo me pregunto si es que la memoria es incompatible con el entendimiento y la comprensión. De alguna manera, digo yo, tendremos que recordar aquellas cosas que hemos conseguido entender. Para mí es una estupidez más, de las muchas que cada día nos asaltan con absoluta impunidad.
No puedo imaginar una vida sin memoria, me resulta imposible. Decía Ortega que el ser humano no tiene naturaleza que lo que tiene es historia. Es verdad, una gran verdad. La historia de la humanidad que heredamos todos al nacer y la que vamos construyendo con nuestra propia vida, y que yo imagino recogida en una gran «memorioteca» .
Es curioso como en estos momentos de memoria frágil, desprestigiada y de rápida obsolescencia, nuestros líderes políticos se enzarzan en disputas absurdas y partidistas en aras de defender o no la tan traída y llevada memoria histórica.
Una vez mas creo que o se equivocan en el título o les falta un apellido que permita identificar de forma inequívoca a que memoria se refieren. No voy a profundizar mucho en este tema porque no quiero perder el tiempo en analizar conceptos que están claramente contaminados por ideologías partidistas, con horizontes de tiempo muy limitados y que nos muestran claramente el alto desconocimiento, o ignorancia voluntaria e interesada, que de la historia real tienen quienes tan ardorosamente la defienden.
La Historia con mayúscula está llena de historias con minúscula, la tuya, la mía, la de mi vecino o vecina, la de nuestros antepasados y los antepasados de nuestros antepasados, y así ilimitadamente, todos han, hemos, contribuido a escribir la Historia de todos. En ella hay cosas buenas y muy buenas y también malas y muy malas, claro, es la vida, nuestra verdad, la de todos, una verdad que , como dijo Serrat: «nunca es triste, lo que no tiene es remedio». Quizá se equivocaba Serrat y a veces, muchas veces, la verdad sí que es triste, pero no por ello es menos nuestra y, por eso, la tenemos que aceptar. No es menos cierto, en cualquier caso, que la historia, como la verdad, son cuestión de perspectiva. Decía Hegel que la verdad está en el todo, pero la realidad es que el todo es inabarcable para el ser humano y por eso, insisto, la verdad es una perspectiva o, peor aún, un constructo que tiene mas poder de convicción cuanto más poder social tiene quien la emite.
Pero dejemos a los desmemoriados y volvamos a lo nuestro, o mejor, volvamos a lo mío y vamos a darnos un paseo por la memorioteca. Yo la imagino como un pasillo largo con puertas en las que un cartel indicador nos avisa del tiempo, del momento de nuestra vida, que se guarda tras ella. Tú imagínala como mejor te parezca, pero imagínala.
En la memorioteca está toda tu vida y las vidas de todos aquellos que, de una u otra forma, fueron compartiendo contigo, desde el mismo momento de tu nacimiento, algo tan genérico como es la vida, tu vida, tu historia personal.
Ahí están, en la memorioteca de tu niñez, tus primeros recuerdos, tus primeros amigos, tu primer colegio, tu primer profesor o profesora, tu compañero de pupitre, tus recreos y sus juegos, pero también, también, tus primeros olores, tus primeros sabores, tus primeros sentimientos, de alegría o tristeza, de placer o dolor, todo está ahí, todo. En ese todo, ocupa un lugar privilegiado tu familia, tu madre, tu padre, tus hermanos y hermanas, si los tuviste, tus vecinos, sus hijos que fueron también tus compañeros de juego, el dependiente de la tienda de la esquina, porque siempre hay una tienda en la esquina, el… no sé, tantos y tantos personajes que resulta difícil citarlos sin olvidar alguno. Todos, todos, han contribuido de una u otra forma a hacer de nosotros lo que hoy somos, ellos, todos, formaban y forman parte de nuestra circunstancia.
Si te introduces por el largo pasillo de la memorioteca y abres una de sus puertas, no la cierres, da un paso al frente, redescubre lo que fuiste y te hizo ser lo que eres ahora; bucea en tu historia y trata de encontrar tu verdad, esa verdad que a veces, muchas, cambiamos por lo que nos hubiera gustado que fuera y nos hace recordar como vivídos sucesos que no ocurrieron o que, en el mejor de los casos, ocurrieron de manera diferente a como los recordamos. Esto mismo nos pasa muchas veces con las películas de cine que forman parte de nuestra vida y que cuando las visionamos repetidas veces siempre descubrimos pasajes que no recordábamos o que lo hacíamos de diferente manera, bien cambiando los diálogos, bien cambiando los escenarios. No somos perfectos, afortunadamente, y eso hace que tampoco seamos infalibles incluso en el recuerdo de nuestra propia historia.
Ya decía García Márquez que la vida no es como fue sino como la recordamos. Gran verdad.
En cualquier caso, el paseo por la memorioteca personal es fascinante: tu infancia, tu adolescencia, tu juventud, tus sentimientos encontrados, tus contradicciones… allí, puerta a puerta, se guardan los cimientos sobre los que tú te has ido construyendo hasta llegar a ser el o la que eres hoy, pero si estamos en esta vida, aquí y ahora, no debemos olvidar que todavía estamos en el camino para llegar a ser el que todavía no somos. La vida, ya se sabe, no solo es un hacer, sino un hacernos. En esa tarea es fundamental, creo yo, utilizar bien la memoria.
Cuando uno decide dejarse transportar por los recuerdos, sean del tipo y la época que sean, podemos acudir a la memoria a la carta: memoria histórica – la nuestra – , la que guarda los hechos, memoria selectiva, la que separa los recuerdos buenos de los malos, memoria de lo que pudo ser y no fue – esta me la invento yo y luego lo explico – , memoria olfativa – los olores nos transportan, en muchas ocasiones, a episodios muy concretos de nuestra vida – , memoria afectiva – donde guardamos los sentimientos que tuvimos o creímos tener – , es decir, podemos fragmentar la memoria y clasificarla y ordenarla como mejor nos parezca, siempre con el objetivo fundamental de disfrutarla. Por eso he dejado aparte una de las memorias que menos me gustan pero que es la que se suele utilizar con mas frecuencia: la memoria de los trapos viejos y/o sucios.
Esta última es la memoria donde guardamos las cosas que nos han hecho daño o que simplemente no nos gustaron y que siempre han sido protagonizadas por alguien de nuestro entorno cercano. Es ese lugar donde se recogen los «esta me la guardo» que vamos acumulando a lo largo de nuestra vida. Es una memoria pesada, muy pesada, y con la que se hace muy difícil vivir y convivir. Para lograrlo yo invito a crear una nueva memoria: la de las cosas olvidadas.
Hay demasiadas cosas en la vida que solo se superan cuando somos capaces de archivarlas de manera consciente o inconsciente en la memoria del olvido. Ya sé que el nombre es una contradicción, memoria y olvido, pero a mi me gusta y, además es también un reflejo del propio ser humano, de todos, aunque las contradicciones , casi siempre, solo sepamos detectarlas en los demás. Yo, sin embargo, estoy convencido de que el crecimiento personal va muy unido a la superación de nuestras contradicciones pero, para ello, tenemos que ser consciente de que están ahí y que, casi siempre, cuando superas una, te aparece otra. Así somos.
Cuando no actuamos así, cuando la memoria de los trapos viejos y/o sucios está ya al límite, fundamentalmente por nuestra propia incapacidad para gestionar nuestros propios recuerdos y los sentimientos que les acompañan, solemos buscar con ansiedad desmedida la forma de vaciarla; es el momento del «hasta aquí hemos llegado». Ese «hasta aquí», suele ser fatal, sí, todo lo que allí guardamos tiene el olor de lo viejo, hechos que ayer pudieron tener sentido en un contexto determinado pero que hoy son como historias acabadas, sacadas de un viejo guión escrito con faltas de ortografía que dificultan enormemente su lectura y que, con harta frecuencia, causan un daño irreparable.
Para hacer más fácil el deshacernos de esa memoria negativa, yo creo que es saludable pensar en cuantos «eso me lo guardo» he provocado yo en los demás. No son solo los otros los que hacen cosas que me causan malestar o daño, no, todos lo hacemos y por eso, para ser felices y vivir con menos peso el ser humano debería recurrir, usando un símil tecnológico, a «clickear» con frecuencia en el icono imaginario de vaciar memoria de trapos viejos y/o sucios.
Se que unos párrafos mas arriba he citado a la memoria de lo que pudo haber sido y no fue. A veces suceden cosas que cambian repentinamente el rumbo de nuestras vidas. Unas veces las provocamos nosotros y otras nos sorprenden, suceden sin esperarlas y aunque no seamos capaces de entenderlas cambian nuestras vidas.
Una conversación, un encuentro no esperado, una discusión, una frase inoportuna, un hecho que ocurrió o que no ocurrió, una ausencia… sí, son esas circunstancias no previstas que, sin saber muy bien como, de repente, nos cambian el guión y el escenario de nuestras vidas.
Me voy a quedar aquí. No tengo ganas de seguir o quizá las palabras ya se han cansado de fluir y no acuden a mi encuentro. La puerta de la memoria de lo que pudo haber sido y no fue se queda abierta, de par en par, abierta pero vacía. Mientras estemos aquí y ahora, tenemos la responsabilidad de intentar conseguir que lo que pueda ser, y además deba ser, simplemente sea y ocupe el lugar que le corresponde en nuestra memoria histórica y dejar que la memoria de lo que pudo ser y no fue se quede vacía o recoja solo alguna parte, mínima, de nuestros sueños incumplidos.
Utilizar la memoria nos ayuda a pensar, a escribir, a sentir y sobre todo a recordar pero … no lo olvides, pasando por el corazón y no por la nube. Hay demasiadas nubes negras que, en ocasiones, nos engañan con su luz y convierten nuestros recuerdos en tormentas perfectas. Evitémoslas.
El artículo es muy bueno, muy emocional y con un punto de desencanto que pienso le va bien al tema de la memoria y del olvido.
Invita a la reflexión personal.
En general, estoy de acuerdo con lo que dices aunque yo echo de menos un matiz para mi importante : Esperanza. ¿ Hay esperanza para esta sociedad? ¿ hay esperanza en el futuro?. Sin memoria, estoy de acuerdo , no somos y sin esperanza tampoco
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La historia está llena de sociedades que aparecieron y desaparecieron, que cambiaron, se transformaron… no somos los primeros, ni seremos los últimos aunque, quizá, ya estemos durando demasiado. Esperanza, esperar, implica confiar en que algo o alguien que esperas va llegar. Yo en este momento no veo ni a ese algo, ni a ese alguien. Creo que somos testigos y aún protagonistas, de una sociedad decadente que no reconoce sus debilidades ni su historia y que ha hecho de la mentira y el engaño una virtud. La esperanza, en cualquier caso, forma parte consustancial de la vida y es inherente a ella. A partir de ahí que cada uno la sienta y la interprete como crea que se ajusta mejor a su necesidad.
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