Hoy quiero escribir de banderas, sí. Yo que no soy en absoluto banderista, quiero escribir de esos trozos de tela con mástil o sin él, que tantas filias y fobias despiertan en la ciudadanía, debido en gran medida al uso partidista, la manipulación mediática, la incultura o los mil usos inadecuados que se hacen de ellas.
La bandera es, simple y llanamente, un símbolo, una seña de identidad de una país, una ciudad, una comunidad o un colectivo determinado. Poco más deberíamos decir de algo tan simple como una bandera.
El ideario colectivo, las ideologías políticas, los manipuladores de la realidad y, por qué no, la propia historia, real o inventada, las idealiza, las sacraliza, las entroniza, y hacen que les juremos fidelidad, prometiendo defenderla hasta derramar la última gota de nuestra sangre.
Así es la grandeza del ser humano, como diría un buen amigo mio.
A todo esto hay que añadir la ignorancia generalizada sobre la historia real de esos trozos de tela de colores, que tantas discusiones y disputas inútiles ocasionan.
Hoy voy a escribir sobre dos banderas que, de una u otra forma, han estado y están presentes en mi vida y en la de la sociedad que vivimos: la bandera bicolor, la constitucional y la tricolor que estuvo vigente durante la Segunda República y que, para mí, es, ideologías aparte, la bandera de mi madre. Ambas, nos guste o no, son causa de no pocos enfrentamientos y discusiones, provocando amores y odios tan absurdos como reales.
Voy a empezar por la bandera de mi madre y voy a empezar, quizá, de una forma provocativa, diciendo que me llama la atención que esta bandera, llamada republicana, sea para mucha gente el símbolo de una etapa de progreso, de libertades, de democracia y no se de cuantas cosas más, y digo que me llama la atención porque personalmente y después de leer mucho sobre una parte de la historia de España que me apasiona, especialmente la segunda mitad del siglo XIX y primera del siglo XX, he llegado a la conclusión de que la etapa de la Segunda República no fue, precisamente, una etapa ejemplar: inestabilidad política, ruidos de sables, huelgas, intentonas golpistas de un lado y de otro, censura, políticos incapaces, desórdenes públicos… una España, en definitiva, que, en mi opinión, fue ejemplo de muy pocas cosas. Algunos me dirán que no sea tan negativo porque se hicieron cosas muy buenas, y tienen razón; estadísticamente es prácticamente imposible hacerlo todo bien o todo mal. Es verdad, pero a pesar de todo creo que sus políticos, como casi siempre, no estuvieron a la altura de lo que de ellos podía y debía esperarse, y se esperaba, cuando aquél histórico 14 de abril de 1931 se proclamaba la Segunda República.
Yo diría que la Segunda República, sus símbolos y aún sus políticos o buena parte de ellos, han sido entronizados gracias, en buena medida, al injustificable final que tuvieron: una guerra civil. Una guerra civil que nunca, nunca, debió producirse, que nadie, nadie, puede ni debe justificar, pero que pudo y debió ser evitada y no lo fue por que España estaba en manos de unos políticos incompetentes e incapaces, que, teniendo información suficiente, no supieron tomar las decisiones adecuadas para evitarla. Unos políticos, insisto, con los que la historia ha sido extraordinaria e injustamente generosa, al no exigirles ni la más mínima responsabilidad. Difícil de entender, muy difícil.
No puedo evitar traer aquí alguna de las frases que Ortega y Gasset, inequívoco y activo promotor de la caída de la monarquía y de la llegada de la República, escribía desde su tribuna del diario el SOl, a finales del año 1931, y con la que instaba a una rectificación que nunca llegó: «¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo».
Ortega a pesar de que habían transcurrido apenas unos meses desde su proclamación, ya veía claro y advertía que el camino del gobierno republicano no era el correcto, como no lo era, seguramente, para una gran mayoría de ciudadanos moderados, republicanos o monárquicos, que, entonces como ahora, formaban una amplia mayoría y huían de cualquier forma de radicalismo.
El tiempo, desgraciadamente, le dio la razón.
Pero volvamos a la bandera, esa bandera tricolor que para muchos sigue simbolizando un periodo de libertades… sin saber muy bien por qué.
La bandera tricolor nace, según dice la Sociedad española de Vexilología, de la mano del concejal madrileño Ángel Fernández de los Ríos quien, tras las elecciones municipales de diciembre de 1868, propone al alcalde de Madrid, Nicolás María Rivero, que la nueva corporación, salida de la coalición monárquica-demócrata-progresista, para nada republicana, utilizara para sus fajines, escarapelas o banderas asociadas a ayuntamientos populares elegidos por primera vez mediante sufragio «masculino», los colores representativos de la corona de Aragón y de los comuneros de Castilla que, curiosamente no era el color morado sino el rojo carmesí. Se ve que el concejal no estaba muy puesto en el tema de colores. La propuesta prosperó y estos fajines fueron utilizados por vez primera cuando asistieron a la sesión de apertura de las Cortes Constituyentes, el 11 de febrero de 1869. El éxito de esta iniciativa se extendió por diversos ayuntamientos entre ellos el de Valencia, que sí era de tendencia republicana, y el de Gerona, por citar a dos de los mas representativos.
No podemos olvidar que este momento de la historia de España, denominado sexenio democrático, comprende el derrocamiento de Isabel II, en 1868, la llegada de Amadeo de Saboya en 1871, la llegada de la Primera República en 1873 y la restauración Borbónica en Diciembre de 1974. Es decir, un sexenio en el que hubo tiempo para casi todo.
En esos años, la bandera tricolor en ningún momento tuvo protagonismo popular. Los movimientos obreros mas situados a la izquierda, utilizaban la bandera de color rojo y solo en algunos cantones, durante la Primera República, se pudo ver, en segundo plano, la presencia de la bandera tricolor que compartía espacio con la bicolor, en ocasiones con la bandera francesa – muy utilizada por partidos republicanos – , con banderas rojas, propia de la izquierda obrera y aún republicana, y con banderas totalmente moradas, en recuerdo equivocado de los Comuneros de Castilla. En todo momento, durante este periodo, la única bandera oficial era la bandera bicolor a la que, eso sí, se le había quitado el escudo real, como, por otra parte, era perfectamente lógico.
¿Por qué razón, con la llegada de la Segunda República, es adoptada la bandera tricolor como símbolo nacional?
Al parecer, los partidos republicanos más radicales, tras el fracaso de la Primera República, y en su larga transición hasta la Segunda, buscaron una simbología renovada y más moderada, optando por cambiar su tradicional bandera roja, por la tricolor, lo que explica por si solo que sea un símbolo estrechamente vinculado con las ideologías de izquierdas. Me atrevo a decir, incluso, que la bandera tricolor es una bandera que representa muy mayoritariamente a votantes de la izquierda.
Tras las elecciones municipales de abril de 1931, los partidos republicanos se apresuraron a sacar sus banderas a la calle y colgarlas en los edificios públicos, convirtiendo la bandera que hasta ese momento era de unos pocos, en la bandera de «todos».
Pocos días después el gobierno provisional la oficializó, por decreto, el 27 de abril de 1931. Aunque no hay constancia documental, parece que este tema fue abordado y acordado en el famoso pacto de San Sebastián que se celebró el 17 de agosto de 1930.
En mi modesta opinión esta fue una decisión equivocada, absurda e innecesaria. No puede ni debe tomarse una decisión de esa trascendencia de la forma en que se hizo, imponiendo, por decreto, una bandera que hasta ese momento solo representaba a los partidos republicanos de izquierdas y que, lógicamente, concentraba una clara carga ideológica, como he dicho anteriormente. Así se convirtió la tricolor en la bandera oficial del país, relegando al cajón de la historia y del olvido a la que había sido la bandera oficial de España en los últimos casi 90 años. Un error, en mi opinión, un grave error.
La bandera que para muchos sigue encarnando las libertades democráticas, fue impuesta por Decreto Ley, ignorando cualquier posibilidad de negociación o consenso. Paradojas de la historia.
Nunca pudo imaginar el concejal madrileño, Ángel Fernández de los Ríos, la trascendencia histórica que tendría aquella ocurrencia suya de1868. Ya se sabe que los políticos son así, se preocupan y ocupan de cosas que, realmente, no le interesan ni preocupan a nadie.
¿Es así, o cree usted que aquella idea brillante del concejal Fernández daba respuesta a profundas preocupaciones del pueblo madrileño que le había votado? Pues así se escribe la historia.
La bandera bicolor, la rojigualda, la bandera constitucional, tiene una historia mucho más clara y sencilla de contar.
La bandera nace con el objetivo de diferenciar los pabellones de los buques de guerra de la armada española, de los buques de otros países ya que, en aquéllos momentos y prácticamente en todos , predominaba el color blanco y favorecía la confusión.
El Rey Carlos III mediante un concurso, seleccionó la bandera bicolor para la marina de guerra, según consta en el Real Decreto de 28 de mayo de 1783.
Años después, con motivo de la invasión francesa que dió lugar a la guerra de la Independencia, no existiendo una bandera nacional oficial, ocurrió que marineros que servían en la armada y que se incorporaron a combatir contra los franceses en la Península, llevaron como distintivo la bandera rojigualda de forma que, esta bandera, que convivía con otras muchas que trataban de identificar a los diferentes movimientos de resistencia que proliferaban en España, empezase a extenderse por todo el territorio y a ser asumida de forma popular como la bandera que nos identificaba frente a los invasores franceses.
Años después, bajo el reinado de Isabel II y por Real Decreto de 13 de octubre de 1843, se unificaron las banderas de todos los ejércitos y así, la rojigualda, que seguía siendo solamente la bandera de la Armada, se convirtió en la bandera nacional.
Personalmente me gusta mucho más esta segunda historia, entre otras cosas porque la reina se limitó a hacer oficial algo que, popularmente, ya había sido oficializado y, en cualquier caso, no sustituyo a ninguna otra, fue, sencillamente, la primera bandera oficial del Reino de España. La bandera no tenía significación política o ideológica alguna, mas allá de su significación de unidad, puramente simbólica, frente al ejército francés. Su origen es monárquico, sí, pero el objetivo con el que había nacido no fue otro que el permitir identificar a los buques de nuestra armada. El destino, y sobre todo la invasión francesa, contribuyeron a que se convirtiera en la bandera de todos.
Por cierto, aprovecho para decir que, según la sociedad española de vexilología, no existe documentación que acredite que los colores rojo y amarillo fueran elegidos por el Rey Carlos III por ser representativos de las coronas de Aragón y Castilla. Lo mas probable es que esa decisión fuera tomada por ser colores brillantes y de una gran visibilidad, que, no hay que olvidar, era el objetivo de la bandera.
Lamentablemente, cuando la bandera bicolor, recuperada por el ejército que se levantó en armas contra la República, volvió a ocupar el lugar que le había arrebatado la bandera republicana, las dos Españas de D. Antonio Machado tuvieron bandera propia: la tricolor para las izquierdas y la bicolor para las derechas. Triste pero real.
Ni el concejal Sr. Fernández, ni el rey Carlos III, ni la reina Isabel II pudieron jamás imaginarlo.
Personalmente, como la mayoría de españoles, no he conocido otra bandera que nuestra bandera constitucional, una bandera que ha cumplido, como bandera oficial, 182 años y 175 si descontamos el tiempo que fue oficial la bandera tricolor. Cuando se proclamo la Segunda República estaba ya cerca de cumplir los cien años como bandera oficial del Estado. Es, sin duda, una bandera con mucha historia.
Espero haber aportado, si alguien lo lee, un poquito de información sobre el origen de dos banderas que han ocupado y siguen ocupando, gracias a la clase política, demasiado espacio emocional en nuestra sociedad. Personalmente no tengo ninguna clase de conflicto con este tema, como creo que la gran mayoria de ciudadanos de a pie, pero deploro la utilización partidista de los símbolos de mi país y me encantaría que existitiese una legislación que limitase su uso público y que, pensando en futuro pero mirando al pasado, prohibiese que símbolos que son claramente de partido y por tanto con profunda carga ideológica, puedan convertirse, bajo ningún supuesto, en símbolos nacionales.
Conocía las historias del origen de las dos banderas y me asquea la manipulación ideológica que se hace de ellas. Llevamos camisetas u otras cosas decorativas con banderas de Inglaterra, Francia, Italia o cualquier otro país del mundo, pero cuidado con llevar algo con nuestra bandera constitucional, automáticamente ya estás catalogado como perteneciente a un bando determinado. Me da pena…
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